No tenemos ni idea de todo el poder que tienen las palabras. Con ellas podemos hacer sentir bien a alguien, unas buenas palabras pueden llegar a hacer que el otro se sienta pleno y feliz. Pero también, se corre el riesgo de que las palabras que pronunciamos, acaben siendo muchas veces motivo de tristeza e incluso de depresión para otro. Y  por qué no mencionar el hecho de que podemos con ellas crear mundos fantásticos, que a la final, cuando se comparan a la realidad, no acaban siendo más que fachadas mal construidas que tienen detrás desastre y oscuridad.

Hay quienes son felices utilizando las palabras para mentir, para hacer sentir a los demás de tal o cual manera, para poseer o sencillamente para recrear el mundo mágico en el  que quisieran vivir, sin entender que lo que se arman no son más que mundos de mentira que algún día, por alguna circunstancia van a terminar cayendo, y que cuando caigan resultarán golpeando no solo a quienes se los inventaron, sino a todo aquel que se fue a vivir allí.

Uno esperaría que los otros siempre dijeran la verdad, que las palabras que pronuncian aquellos que están cerca, estuvieran cargadas de sinceridad, sin embargo, esta humanidad con la que cargamos no es tan sencilla de comprender, y muchas veces quienes menos pensamos, tienen en la cabeza más de una maquinación loca en la que se nos envuelve, de la que hacemos parte inconscientemente bajo el triste pretexto de que así se es feliz. Y  entonces nace el engaño, nacen las cartas de amor que contienen palabras lindas, que van cargadas de sentimientos que hacen sentir bien a quien las recibe, sin saber bien qué intenciones tiene el que las mandó.

Uno esperaría también, por supuesto, que las palabras que se pronunciaron alguna vez pudieran permanecer con el mismo valor de la vez pronunciada. Uno esperaría que las promesas hechas un día por aquellos a quienes hemos querido, permanecieran en pie. Pero venga, que no es tan así, y en el mundo real, las promesas se rompen, las palabras se pasan y los mensajes se borran y se olvidan.

Hoy releo algunos mensajes que intercambiaba con personas que hicieron parte de mi vida hace un par de años y que sin decir nada se alejaron, se fueron, y encuentro vacío en las palabras. Están muertas, pero están allí. Recuerdo con exactitud a qué momento corresponde cada mensaje y pienso que la vida allí parecía perfecta y eterna. Hoy releo la historia y entiendo que esas palabras que allá tuvieron cierto grado de poder en mí, hoy no son más que un conjunto de caracteres que nada me dicen. Y es que quizá sea mejor así. Quizá sea mejor dejarlas en su sitio, inertes y vacías.

Pero al tiempo aprendo que es mi responsabilidad hacerme cargo de mis palabras. Hacerme cargo de mis promesas y buscar que no se vacíen con facilidad. Seguro que lo intentaré sin conocer el resultado, pero estoy convencido que buscaré dar sentido a mis palabras, buscaré que no mueran en el olvido y que quienes las reciban, después de muchos años, al releerlas de nuevo puedan decir con total tranquilidad: “también hay palabras que se quedan vivas”