Empezar con una sentencia clara ayudará a seguir: casi todos los psicólogos coinciden que los hijos terminarán en terapia a causa de sus padres, o al menos, deberían. No importa lo que se haga, los padres siempre serán culpables de algo: de asfixiar o de abandonar; de entrometerse o de no importarles; de no trabajar o de hacerlo demasiado; de separarse o de resistirse; de exigir o de ser demasiado blandos… Con esa premisa, uno es capaz de arrancar la profesión de papá de una manera diferente.

Es hora de poner en duda todo lo que han intentado enseñarnos y de encontrar un camino propio, adecuado a estos tiempos, aprendiendo del pasado y tomando de cada lado lo que mejor ayude al objetivo final.

No existe la fábrica de padres. Nadie sale «listo» para serlo y la mayoría se construye como tal a la par que el bebé se transforme en adulto. Hasta los papás múltiples enfocan la crianza de manera diversa con cada uno de los descendientes, aún cuando haya poca diferencia en edades o personalidades. Van avanzando por prueba y error, modificando la ruta como un «recalculando» del GPS.

Los padres deben empezar a aplicar un recurso para encaminar la crianza: estar atentos. El sano estado de alerta frente a sus propias reacciones y a los sucesos para con el pequeño, permitirán elegir decisiones y no tomarlas por inercia.

La capacidad de separarse del árbol y admirar el bosque como ejercicio cotidiano, ayudará a cernir problemas y ocupar energías en acciones concretas que se vinculen con valores esenciales que sí se desean imponer. Entra aquí una nueva variable: ¿qué queremos transmitir?

Construir adultos

Casi con unanimidad los padres suelen responder que esperan que sus hijos sean felices cuando son consultados por el futuro que desean para ellos. Sin embargo, evaluando sus actos frente a la crianza, habría que poner en duda las intenciones reales de lograrlo si se sopesan las decisiones cotidianas.

Pregunta: ¿qué es ser feliz? Humanamente indefinible como concepto generalizador. Hay tantas «felicidades» como seres en el planeta. De modo que, cuando los padres responden que aspiran felicidad para sus niños, en realidad deberían poder determinar a qué se refieren concretamente. ¿Que tengan una vocación? ¿Que formen una familia? ¿Que hagan dinero? ¿Que sean reconocidos profesionalmente? ¿Que trasciendan fronteras? ¿Que logren paz interior? ¿Que puedan conservar el negocio familiar? ¿Que estudien? ¿Que hagan lo que quieran?

Los principios elegidos como senda atraviesan horizontalmente cualquier otro suceso a lo largo de toda la vida del niño/joven/adulto. Si, por ejemplo, se aspira a educar en la independencia, en todas las etapas de la vida el padre podrá descansar en esa decisión para acompañar cada fase con microdecisiones consecuentes con aquella. Lo instará en cada edad a que pueda tomar solo el juguete que pide, a que use su tenedor para tomar los primeros bocados, a que ordene su cuarto, a que se responsabilice por sus tareas escolares, a que cuide sus pertenencias, a que aprenda cómo llegar a un punto de la ciudad, a que respete sus oportunidades laborales, y así siguiendo en el crecimiento del hijo.

Los padres actualmente están más deseosos que nunca de ser aceptados por sus hijos. Buscan irrefrenablemente su cariño, el que consideran amenazado en virtud de ese «supuesto» abandono al que los someten por causa del trabajo o las exigencias diarias. Los padres han perdido su rol como tales. Han olvidado la esencia de serlo. El padre debe, por sobre todas las cosas, criar. Esto es brindar seguridad emocional y económica, salud y educación a su prole. Pero estos principios requieren de acciones que no siempre serán gratas para los niños.

Un padre que no puede tolerar el llanto de su pequeño cuando se le corrige frente a un error o se le rechaza un capricho, está contradiciendo su esencia de padre.

Sólo es posible criar a un niño para que devenga en adulto cuando se lo acompaña en el camino de equivocarse. Cuando se le enseña que no todo sucede ya ni como él lo desea. Cuando se le da la oportunidad de que vea que uno erra, reintenta, aprende, corrige… Tal vez si volvemos un ratito a nuestra infancia y recordamos cómo aprendimos, seremos más capaces de acompañar el crecimiento. ¿Cuántos goles te perdiste antes de hacer el primero? ¿Cuántas veces te quemaste un dedo intentando cocinar las primeras galletitas? ¿Cuánta cola desperdiciaste en los primeros collages? ¿Te acuerdas de las veces que dijiste «déjame a mi»? Ahora les toca a ellos. Nosotros, los adultos, como faros. Ellos como capitanes de sus experiencias.