Semana Santa, Semana Mayor, Semana de Pasión; muchos nombres, y muy poco de conciencia.

Las reservas hoteleras agotadas, tiquetes por las nubes, listo el bloqueador, la ropa de viaje, todo el plan armado. Algunos que no saldrán, estarán preocupados por qué hacer con los niños que quedan libres desde el viernes, en tanto que los padres seguirán trabajando, ya no es como antes, no dan la semana entera, tocará trabajar hasta el miércoles, en el mejor de los casos.

En otros hogares, no preparan tanta cosa ante la mítica frase “en Semana Santa no se Pasea” y una especie de temor se apropia de cualquier idea de salir a veranear o de planear cualquier actividad que no sea rezar.

En nuestra vida cristiana, podemos hacer la cuenta somera, de cuántas veces hemos vivido las celebraciones, símbolos y ritos de ésta semana llena de momentos. Sin ser temerario, después de tantas veces celebrando “lo mismo”, dudo que alguno se le ocurra pensar, que éste quizá año haya algo “diferente”, que cambie en algo la liturgia solemne del Jueves, no haya lavatorio de pies; que el Viernes cambien las estaciones del vía crucis; que en la vigilia pascual, cambien lo del cirio ; ya sabemos casi de memoria qué contiene cada celebración, cada día, cada momento, a bien de pensar que posiblemente se nos ha convertido en costumbre y paisaje, por no decir un libreto estático que nada nos dice.

Vivir la Semana Santa, implica una capacidad de sorprenderse de nuevo en la pedagogía de cada celebración, en volver a degustar cada palabra, cada símbolo; “entrar” en la celebración como un partícipe activo, y no como un cabeceante oidor de homilías. Somos partícipes de lo que allí se celebra, en tanto que nos implica y tiene mucho que ver con lo que nos pasa. La semana Santa, resume el drama humano en todas sus expresiones:

  • La Incoherencia: somos capaces de aclamarlo y batirle palmas el Domingo, para 5 días después con la misma voz en alto pedir que lo crucifiquen.
  • La Traición: ver como en la cotidianidad, entregamos a los hermanos por unas monedas y ser capaces de traicionarlos.
  • La Tristeza y la soledad: Sabernos solos ante el dolor. Cada uno en su propio huerto de los olivos, pide al Padre que aparte las dificultades y los dolores.
  • El dolor: Sentir el flagelo de la enfermedad, la muerte, la negación de la vida en situaciones propias y ajenas.

La Semana Santa, presenta en la vida de Jesús, las situaciones de nuestra vida, convertidas en celebraciones, en signos y símbolos de oración.

Te propongo, 5 actitudes que podrían detonar un contexto de novedad en las celebraciones de este año.

  1. Aclamar: Recibe a Jesús, con la alegría de aquel Domingo de Ramos, no solo en esa ocasión. Manifiesta el gozo de expresar que es tu Señor y que pones a sus pies tu vida, tus necesidades, lo que quieres que Él, tome y te ayude.
  2. Adorar: Cada escena de la Semana Santa, es un motivo para reconocer la grandeza de lo que celebramos. Jesús, en su condición Divina (Filipenses 2) se abaja y nos acerca en medio de su entrega, la bendición de redimirnos.
  3. Reconocer: Volver a Conocer, identificar de nuevo en donde está nuestra confianza, y ser capaces de ver en ese Jesús salvador, la respuesta a todos mis dolores y preguntas.
  4. Contemplar: En la tarde del Calvario, ser capaces de observar no a un derrotado, sino a un enamorado de la humanidad. Ver a Jesús, desde nuestra pequeñez, observándolo elevado sobre la condición de pecado a la que hemos sido sometidos, debe desbordar nuestra alma en un deseo de quedarnos para siempre con él.
  5. Agradecer: No merecemos tanta gracia y tanto amor. Por eso al resucitar, Jesús nos arranca de nuestras propias tumbas, y por eso agradecemos y nos conmovemos por sentir el brazo de un Dios vivo, que nos rescata.

La semana Santa, no es una repetición de fórmulas, es la actualización del resumen de nuestra Fe y un tiempo favorable para dedicarlo a celebrar, orar, meditar y sobre todo VIVIR.