La oración es uno de los temas sobre los cuales como creyentes siempre tendremos necesidad de reflexionar, esto para descubrir nuevas experiencias en torno a ese diálogo que Dios como Padre quiere establecer con todos sus hijos e hijas. Por eso quiero proponerte que pensemos sobre una experiencia que la Palabra nos comunica sobre la oración. Si meditamos en ella es posible que nuestra relación con Dios se acreciente y podamos vivir nuestro diálogo con él como un espacio transformador.

El libro de 1 Samuel 1, 15 nos narra sobre el momento de oración que vive una mujer de nombre Ana; ella necesitada de Dios acude a su presencia y estando allí un hombre llamado Elí le pregunta ¿qué hace tanto en silencio?. La respuesta que da está mujer ante la pregunta es lo que hoy nos lleva a pensar sobre un elemento indispensable en la oración.

“… no he tomado vino ni bebida alcohólica, sino que estaba expandiendo mi corazón delante del Señor”. (v 15) Caigamos en la cuenta que para esta mujer la oración es expandir el corazón delante de Dios, es decir, abrirlo totalmente ante él. Contarle lo que hay en lo más profundo de nosotros.

El corazón lo entiende San Juan Eudes como la mente, los pensamientos, recuerdos, voluntad, deseo, en una palabra, se refiere a todo el ser humano. Entonces cuando dice Ana que está expandiendo el corazón quiere indicar que le está dando autoridad y poder a Dios de disponer de todo su ser. Lo está invitando a cada una de las áreas de su vida, incluso las más íntimas como son los recuerdos.

Que hermoso sería que la próxima vez que oremos abramos toda nuestra vida delante de Dios y con ello le demos autoridad para que haga de nosotros lo que desee. No olvides orar es expandir el corazón.