Sí, ya sé que seguramente te estarás preguntando acerca del título de este texto. Estarás repitiendo en tu cabeza qué Jesús no pudo haber sentido odio, que esos sentimientos no entraban en su corazón. Pero gracias a Dios no haces parte del pequeño número de personas que critican el escrito solo por leer el título. Por eso te invito a que me acompañes a mirar lo que más odió Jesús, para que de ese modo tú y yo tomemos la decisión de imitar a Jesús en este sentimiento.

Esta afirmación no es mía, no me he inventado de la noche a la mañana que Jesús odió algo en su paso por la tierra, este planteamiento lo he encontrado en los escritos de San Juan Eudes, el cual en su obra ‘Vida y reino’, declara sobre Jesús: “Porque así como ama con infinito amor al Padre y a los hombres, con infinito odio aborrece el pecado: de tal suerte ama a su Padre y nos ama a nosotros”, así pues, tenemos que Jesús en su paso sobre la tierra sintió un odio profundo por el pecado, el cual no consiste, sino en todo aquello que rompe nuestra relación con Dios.

Naturalmente, Jesús en su paso por la tierra fue un completo líder social, estuvo del lado de los más necesitados, aquellos que eran oprimidos por la religión y la política de la época, aquellos menos beneficiados, a quienes en nombre de un Dios justiciero, se les condenó a vivir en la miseria y en la marginalidad. Su amor por los hombres era inmenso, de hecho, el evangelista San Juan en el capítulo 13 expresa que Jesús “habiendo amado a los suyos, les amó hasta el extremo”, y resulta ser que cuando amamos a alguien, de algún modo luchamos y aborrecemos todo aquello que le hace daño. Es por esto que creo que el odio al pecado no es más que el resultado del infinito amor de Jesús por el hombre, que es golpeado por el pecado, y que se deja llevar por este.

Cuando somos conscientes de aquello que rompe nuestra relación con Dios, de aquello que no nos permite saberlo a nuestro lado, tenemos que ser entonces capaces de entender que lo único que tenemos que sentir por eso es odio, debemos aborrecerlo. No se trata pues, de dejarte una lista de pecados, ni mucho menos de aducir a la abomínate afirmación que dicta que todo es pecado. La invitación, es más bien a que seas capaz de amar tanto a Jesús y de tener con él una relación tan cercana, que cuando venga a ti alguna situación, persona, o pensamiento que te lleve a romper tu relación con Él, seas capaz de aborrecerlo y entender que no hay nada más valioso que estar con aquel que nos ama y que ha dado su vida por nosotros.

Ama tanto a Jesús, que cuando llegue a ti la oportunidad de fallarle, nazca de tu corazón el deseo de no hacerlo, y no por obligación moral, sino por puro amor, así como Él lo hace.