Me preocupa mucho cuando veo que se hace mucho hincapié en la “espiritualidad de la prosperidad”. Predicaciones, novenas, ofrendas, sacrificios, ayunos para que Dios nos haga prósperos y nos permita vivir sin problemas. Me preocupa, no porque no quiera que vivamos bien y tengamos lo suficiente para vivir cómodamente, sino porque creo que niega una de las realidades más humanas que es el vencer adversidades, pasar por momentos de pruebas de la vida, guerrear por tener lo que se requiere.

Me preocupa mucho cuando veo que se hace mucho hincapié en la “espiritualidad de la prosperidad”. Predicaciones, novenas, ofrendas, sacrificios, ayunos para que Dios nos haga prósperos y nos permita vivir sin problemas. Me preocupa, no porque no quiera que vivamos bien y tengamos lo suficiente para vivir cómodamente, sino porque creo que niega una de las realidades más humanas que es el vencer adversidades, pasar por momentos de pruebas de la vida, guerrear por tener lo que se requiere. La vida está cosida por hilos de dolor. No todo puede ser aplausos y triunfos, hay que caer derrotado para podernos levantar. A veces aprendemos más en los momentos difíciles que tenemos que en los momentos de “prosperidad”. No podemos centrar la espiritualidad en la prosperidad. No podemos dejar que el mensaje de Jesús se vuelva simplemente un talismán o un amuleto para que todo nos salga bien. Tenemos que asumir en medio de nuestra condición, cargando nuestra cruz, el seguimiento de la propuesta existencial de Jesús, El Señor.

Me gusta leer el libro del Eclesiástico y encontrarme con sus reflexiones sencillas untadas de sabiduría popular y de fe: “Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas, mantén el corazón firme, sé valiente, no te asustes en el momento de la prueba; pégate a él, no lo abandones, y al final serás enaltecido. Acepta cuanto te suceda, aguante enfermedad y pobreza, porque el oro se acrisola en el fuego y el hombre que Dios ama, en el horno de pobreza. Confía en Dios, que él te ayudará, espera en él, y te allanará el camino” (Eclesiástico 2,1-13)

Dejemos claro que no creo que Dios pruebe a nadie (Santiago 1,13) no me lo imagino como un ser inseguro sufriendo de celotipia y tratando de probar si los hombres lo aman o no. Pero está claro que la vida si que es difícil y pasamos por momentos bien duros frutos de nuestra condición humana, de nuestras malas decisiones y/o actuaciones. Sé que en algunos textos del Antiguo y Nuevo Testamento se dice lo contrario pero tengo claro que corresponden a un momento del progresivo proceso de captación de la revelación de Dios y que a partir de la máxima revelación que es Jesucristo, tenemos claro que Dios es misericordia y amor, perdón y bendición para el hombre que lo ama y abre su corazón a Él.

También está claro que en la vida tenemos que pasar momentos difíciles, que la vida no es un viajar por una autopista plana y sin ningún sobresalto. No. La vida es un viajar por la trocha, por el camino pedregoso y escarpado. Quien no tenga problemas que se pellizque porque es posible que se haya muerto y no se haya dado cuenta. El que está vivo siempre pasa por momentos de dolor, de tristeza, de frustración. La espiritualidad no nos exonera de estas experiencias sino que al contrario nos da fuerza y animo para que las enfrentemos, desde nuestra condición, y las venzamos.

El texto del Eclesiástico que acabamos de leer hace énfasis en la valentía, en la firmeza y en la preparación que necesitamos tener para enfrentar las situaciones de la vida. No podemos ser cobardes, ni débiles ni no estar preparados para batallar contra las adversidades de la vida. Dios nos ha capacitado para que podamos vencer y ganar cada lucha que tengamos, pero tenemos que darla y sacar de nuestro interior lo mejor para lograrlo.

Ahora, también está claro que cuando nosotros asumimos a Jesús como el Señor de nuestra vida terminamos enfrentándonos a los “enemigos” del proyecto de Dios. Cuando das testimonio de tu fe tienes que enfrentarte a los que han hecho de las estrategias del mal su manera de vivir. Muchos nos critica porque ahora no actuamos como ellos. “Hey! qué, ahora, eres aleluyo o te crees más santo que todos” nos dicen con cara cínica, reclamando porque no nos comportamos como ellos están acostumbrados a hacerlo. Por eso no me extraña que si has aceptado a Dios en tu corazón tengas ahora más problemas que antes y sientas que te atacan más. Es normal. Lo que tienes que hacer es mantenerte firme en tu fe y dejar que la fuerza de Dios te ayude a hacer lo mejor, según su Palabra.

Animo, si El te ha invitado a estar con El, también El te dará la fuerza para que salgas adelante, eso si, no te acobardes y da la batalla.