Siempre que tengo la oportunidad de vivir algo sublime, lo primero que quiero hacer luego de experimentarlo es contárselo a mis amigos. Después de una conversación con alguien a quien admiro, o una enseñanza con un buen maestro, o una buena lectura con algún buen escritor. Todo, absolutamente todo lo que me marca, se lo quiero contar a mis amigos. Me gusta contar lo que vivo, porque siento que es una manera de eternizarlo, porque creo que es también la mejor forma de darle importancia a las cosas que realmente son importantes.

Sé que no soy el único que vive esta experiencia. Pienso, por ejemplo en las mujeres que cuando quedan embarazadas, se impresionan tanto que no saben cómo, pero quieren contarlo a las personas que aman. Pienso también, en que cuando me iba bien en una prueba del colegio, lo primero que quería hacer era contárselo a mis papás, ya fuera para que se sintieran orgullosos, o para que me dieran algo a cambio de los buenos resultados. Pienso en que cuando me dijeron que había sido aceptado en la comunidad Eudista, en lo primero que pensé fue en contárselo a mis amigos cercanos. Pienso también, en que cuando tuve la oportunidad de hacer radio por primera vez, lo primero que hice luego de salir de cabina, fue llamar a mi mamá para contarle la experiencia. Así, he vivido contándole a las personas que amo lo que me sucede, y no por chisme, sino porque nace de mí el interés de hacerlo, porque entiendo que a ellos les hace sentir tan orgullosos como yo me siento cuando alguno de ellos me cuenta lo que le vive.

Todos los seres humanos generamos relatos de nuestras experiencias. Vamos contándole a los más cercanos los episodios que van marcando nuestra vida. Contamos lo bueno y lo malo, lo gracioso y lo serio, lo sublime y lo cotidiano. Vivimos contando. Y es que contar, repito, acaba siendo la manera más noble de hacer honor a las vivencias que la vida nos permite. Y es que al final, narramos con las emociones, por eso, cuando vamos a contarle a alguien algún suceso que nos marcó, le terminamos contagiando lo que hemos vivido. Eso sucede cuando se narra con el alma.

Estoy pensando en que una cualidad que deben tener los cristianos, discípulos y amigos de Jesús, es la capacidad de contar la experiencia que han vivido con Él, contarle a los demás lo que Jesús ha hecho en ellos, cómo Él ha cambiado sus vidas. Los primeros cristianos lo entendieron muy bien. Los Hechos de los Apóstoles no son más que el conglomerado de historias que se fraguaban en torno a la experiencia de los discípulos con Jesús. La predicación de los primeros discípulos no fue más que contar la historia de todo lo que habían vivido con Él. Pedro, me imagino, contaba el día en que lo constituyó piedra de la comunidad, o las trágicas escenas de las negaciones. Tomas, seguro hablaba de aquel día en que dudó y creyó hasta meter los dedos en las llagas. Mateo, contaría quizá sobre aquel día que Jesús se acercó a la mesa donde cobraba impuestos y le pidió que lo siguiera. Martha y María hablarían del día en que les enseñó que el mejor lugar para estar, era a sus pies. Así, todos cuanto se encontraron con Jesús, lo fueron contando, haciendo que los demás se enteraran de un encuentro que les había cambiado la vida.

Si hay algo que creo, es que hoy nos hace mucha falta saber contar a los demás lo que Jesús ha hecho en nosotros. Hemos perdido la capacidad de narrar con emoción. Quizá las altas cátedras y los avanzados estudios nos han desviado de la importancia que tiene hablar de la propia experiencia. Nada de lo que podamos decir sobre Jesús desde los altos púlpitos, se comparará a lo que nuestra experiencia pueda decir sobre Él. Hace falta morirnos por contar lo que Jesús hizo en nosotros a los demás, para que abran sus corazones y Él lo haga también en ellos.