Algunos novios, durante la etapa de conocimiento de quien será su compañero o compañera, llegan a jurarse amor eterno, a tal punto de decirse expresiones como: “por ti sería capaz de dar la vida” o “muero de amor por ti”. Con el pasar del tiempo y a veces por la costumbre, se pierden estas frases que salen del corazón o simplemente se deteriora esa convicción inicial que se tenía y que se decía con “cosquillas” en el estómago.

Pues bien, hemos reflexionado sobre la importancia del amor auténtico que transforma y llena de paz. También propusimos en artículos anteriores que hay diversas maneras de llamar a este amor, dependiendo del amante y del amado: el amor de Dios por nosotros se llama misericordia, el amor de nosotros para Dios se llama, así, “amor”, y el amor entre nosotros se llama caridad.

Fruto de este amor profundo que ha hecho salir del seno de su Padre a Jesucristo, los cristianos estamos llamados a vivir una vida de santidad, que consiste en continuar y completar la vida de Jesucristo en la tierra. Este compromiso lo hemos adquirido en el Bautismo, donde nos comprometemos con Dios a hacer vivir y reinar a la Santa Trinidad en nuestra vida y hacer todas las acciones para la gloria de Dios, renunciando al pecado y adhiriéndonos plenamente a esta vida mística.

Pero san Juan Eudes llega a sorprendernos con una afirmación rotunda: “la cumbre de la santidad es el martirio” o, podríamos decir también con nuestras palabras: “la cumbre del amor es entregar la vida”. Con justa razón el evangelista Juan nos recuerda que Jesús amó a sus discípulos hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), y capítulos más adelante, él entrega su vida por muchos.

Pues bien, en el descubrimiento de este amor divino, que trasciende cualquier limitación humana, de acuerdo a la enseñanza de san Juan Eudes, los días 2 de septiembre recordamos el martirio de varios Eudistas: Francisco Hébert, Francisco Lefranc y Pedro Pottier. Ellos, junto con el beato Carlos Ancel, a quien celebramos el pasado 18 de agosto, llevaron a plenitud su vida, ofreciéndola a Dios.

San Juan Eudes, en efecto, nos asegura que hay varias clases de martirio: aquellos que en realidad se encuentran en disposición de morir por Jesucristo, aunque no lo lograran hacer; los que están listos a morir antes que ofender a Dios; los que mortifican su carne y sus pasiones por amor a Dios; los que sufren por este mismo amor las necesidades y miserias de la pobreza u otra aflicción; los que soportan las infamias, calumnias y persecuciones y no devuelven mal por mal y aman a los que los odian y bendicen a los que los maldicen.

Pero aquel que va más allá de estas clases de martirio, es el martirio a través del derramamiento de la sangre: morir de amor. Hoy muchos cristianos y, en general, muchos seres humanos padecen el martirio. Pidamos, pues, al Señor que nos regale la gracia de entregar nuestra vida a él para que nos conduzca por sus caminos y alcancemos la cumbre de la santidad y lleguemos a decir, como lo dicen los novios: “Por ti sería capaz de dar la vida” o “Moriría de amor por ti, Señor Jesús”.