Si me preguntan qué cosa valoro de la vida, sin titubearlo diría que la amistad. Ella me ha enseñado todo, me ha permitido entender que no existo para mí, que tengo en quienes confiar y que vale más una tarde en la terraza de mi casa con unos buenos amigos y vallenato, que el prestigio y la fama. Razón tiene aquel adagio que dice “quien ha encontrado a un amigo, ha encontrado un tesoro”, que quien lo hace, ‘encuentra una aguja en un pajar’.

Mis amigos me hacen bien siempre. Me permiten encontrar estabilidad en los momentos en los que la vida y los procesos se tornan desestabilizados. Me gusta encontrarme con ellos sea para hablar, para parrandear o para orar. Me hace bien saberlos a mi lado cuando más nadie está, y entender sobre todo que no se irán (porque los amigos de verdad nunca se van). A veces me regañan y me recuerdan quien soy, me hacen caer en cuenta de mis errores y desaciertos. Y otras veces están ahí, al pie del cañón para recordarme de todo lo que soy capaz.

No le creo a aquellos que dicen no creer en la amistad, a los que dicen vivir bien sin relacionarse profundamente con alguien, sencillamente porque para mí la amistad resulta ser parte fundamental de la vida, ella me ha premiado con amigos que a veces pienso que no me merecen, porque soy poco perfecto. Sin embargo, entiendo después que la amistad no es una cosa de merecer, sino que es una construcción constante entre dos personas que han decidió compartir la vida juntos, confiándose sus secretos y apoyándose en sus dificultades.

Mis amigos no son perfectos, y confieso que tampoco me interesa que lo sean. Los quiero no porque sean los súper amigos, o porque puedan ofrecerme mucho, o porque sean un ejemplo claro de perfección, no; los quiero porque son mis amigos y ya, porque son aquellos que a pesar de sus debilidades han compartido conmigo todo lo bueno que son, y eso a mi parecer vale más que la perfección.

A este punto, no puedo sino decir que es esto y mucho más lo que le debo a mis amigos. Les debo su tiempo, les debo noches enteras conversando sobre sus vidas y mi vida, les debo interminables parrandas en las que aflora toda la esencia de la amistad, en las que reímos y lloramos. Les debo sus lágrimas de despedida cuando tantas veces me vieron partir del aeropuerto. Les debo su capacidad de escucharme cuando yo no soy capaz sino de hablar. Les debo cafés y otro tanto de partidos de fútbol. Les debo la fuerza que imprimen en mí cuando la mía se acaba. Les debo las tardes de domingo sentados en la terraza de mi casa escuchando vallenato, o salsa, o lo que sea. Les debo la lectura de un buen libro, y las conversaciones sobre los escritores que nos apasionan. A mis amigos les debo esta vida y la otra, les debo tanto que ni si tuviera toda la plata del mundo les pudiera pagar, porque les debo cosas que los billetes no compran, y eso, es lo que me hace capaz de decir a Dios ‘gracias’, porque aunque les debo tanto, nunca me cobran nada, y siempre están dispuestos a gastar otro tanto de su tiempo en encontrarse conmigo ya sea por videollamadas o en la banca solitaria de un parque, para escucharme y para fortalecer esto que el mundo llama amistad, y a lo que yo con la solemnidad que merece le llamo ‘lo sagrado’.

“Por mis amigos, todo. Sin ellos, nada”.

Un homenaje y una oración por mis amigos. Por los que siempre estarán dispuestos a hacer de la amistad una manera de encontrar a Dios. Gracias.