El Papa Francisco nos relata la gran enseñanza que Jesús le da a los fariseos en el evangelio del cuarto domingo de octubre, (Mt,22,15-21). En el cual, los fariseos preguntan a Jesús ¿Está permitido pagar el impuesto al César?, nos relata el Santo Padre, la trampa detrás de la pregunta, era que su respuesta diría, si estaba a favor o en contra de Roma.

Destaca el Papa que Jesús responde con calma y aprovecha la pregunta maliciosa, para dar una enseñanza importante. «Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto». Ellos le presentan un denario y Jesús, observando la moneda, pregunta: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César». Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».

Nos dice el Sumo Pontífice que “Jesús declara que pagar el impuesto no es un acto de idolatría, sino un acto debido a la autoridad terrena; por otra parte, y aquí Jesús da un ‘golpe de ala’ recordando la primacía de Dios, pide darle lo que le corresponde en cuanto Señor de la vida del hombre y de la historia”.

Jesús toma la pregunta de los fariseos y la convierte en otra pregunta de vital importancia en nuestra vida ¿a quién pertenezco? ¿A la familia, a la ciudad, a los amigos, a la escuela, al trabajo, a la política, al Estado? Sí, es cierto. Pero ante todo – nos recuerda Jesús – tú perteneces a Dios. Ésta es la pertenencia fundamental. Es Él el que te ha dado todo lo que eres y tienes. Nos dice el Santo Padre, que nuestra vida, nuestro día, debemos vivirlo en el reconocimiento de nuestra pertinencia fundamental, en el reconocimiento del corazón de nuestro Padre, que nos hizo únicos, singulares, pero siempre según la imagen de su Hijo amado, Jesús.

Finaliza el Papa diciéndonos, que no podemos contraponer a ‘Dios’ y al ‘César’. Que estamos llamados a estar comprometidos con las realidades terrenas, pero que tenemos que iluminarlas con la luz que viene de Dios. “La consagración prioritaria a Dios y la esperanza en Él no conllevan una fuga de la realidad, sino aún más un restituir operosamente a Dios lo que le pertenece. Es por ello que el creyente mira a la realidad futura, la de Dios, para vivir la vida terrena en plenitud y responder con valentía a sus desafíos”.

Culmina colocándolos en manos de nuestra Amada Madre:“Que la Virgen María nos ayude a vivir siempre en conformidad con la imagen de Dios que llevamos en nosotros, dando también nuestra contribución a la construcción de la ciudad terrena”.