La característica del mundo moderno es la técnica. El hombre parece que se haya apoderado de la materia y está a punto de subir a la cumbre del universo, como rey absoluto. No hay campo de la ciencia donde no se esté trabajando con furor y con éxito. El hombre tiene la absoluta seguridad de que dentro de pocos años dominará toda la naturaleza.

Esta inmensa técnica, que empieza a llegarnos lentamente a Colombia, ha traído un debilitamiento de la fe o un total ateísmo. Para muchos, la solución de todo está en la ciencia, en la fórmula matemática. Juzgan que las grandes preguntas de tipo espiritual y los grandes interrogantes teológicos son cuestiones anticientíficas. ¿Qué es el hombre? ¿De dónde vienes? ¿hacía dónde va? ¿Hay algo fuera y superior al hombre? ¿Existe alguien que estuvo en el principio del universo como su causa primera? Todas estas grandes preguntas, muchos sabios modernos las tienen como preguntas anticientíficas. Sin embargo, en el corazón del hombre se agita implacablemente en interrogante ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Quién eres tú, Dios mío, si existes?

En los cafés de las universidades de Suecia y de Rusia y de Tel-Aviv, los jóvenes formados en el ateísmo científico o en un humanismo ateo pasan horas preguntándose las preguntas que no obtuvieron respuestas satisfactorias de sus profesores. ¿Qué es el hombre, de dónde viene, existe Dios?

A nuestra patria está llegando también la edad de la técnica. En las universidades, nuestros jóvenes no estudian sino técnica, ecuaciones. Aun la técnica trata de invadir al campo de la ley y de la justicia. Los profesores universitarios están en la obligación de hacer, ante sus alumnos, la maravillosa síntesis cristiana de la fe y de la ciencia. No basta que el hombre tome el dominio orgullosos sobre la materia; si no halla consuelo para su muerte, estará destrozado para siempre. No importa que todo lo calcule y todo lo someta a fórmulas, no interesa que resuelva todos los problemas sociales. Si ha borrado la adoración de su vida, será un ser de una tristeza inconsolable.