Voy a narrarles el cuento de una persona que al morir se halló con el paisaje más inesperado e imprevisible. Ella había vivido tranquilamente, había cumplido con todo lo religioso. Iba a los servicios religiosos puntualmente, a veces al templo católico, a veces a la lectura de la Biblia, a veces a la sinagoga. Era persona que cumplía con las exigencias religiosas. Sin embargo, al morir, después de que la dejaron en el cementerio, después de que los gamines se robaron las coronas para venderlas de nuevo en las agencias mortuorias y a las floristerías, para que volvieran a servir, esta persona se halló en un lugar absolutamente desconocido para ella.

Era un desierto solitario. Estaba oscuro. Nadie había y ella caminaba, proyectando una sombra inmensa, la sombra de su propia vida. Tenía que caminar y caminar, acompañada de su propia sombra. Esa sombra tenía dos proyecciones: su bien y su mal. La sombra de su bien era demasiado corta. La sombra de su mal parecía que cubriera todo el paisaje que iba dejando atrás.

¿Dónde estaba su bien?… Su bien absoluto y sincero; su bien, mezcla de egoísmo y de interés. Ella buscaba su bien puro y no lo encontraba; y la proyección de su mal era inmensa. Abarcaba todo el camino. Y esa persona segura, caminando… Para siempre… ¡Sola!…

Recordaba su vida anterior, tan sencilla, tan tranquila, tan despreocupada. Sus pequeños rezos, interesados, en la iglesia católica, en el templo protestante, en la sinagoga… Recordaba que había viajado, que tenía una alta cultura, que había tenido hijos… O no los había tenido. Todo eso estaba tan lejos, era tan insignificante. Ahora lo que le importunaba era su sombra, su oscuridad, su soledad.

Todo le parecía definitivo, imborrable, irremediable. Todo le parecía irreparable… Quería estar sola consigo misma. Sin algo que le era necesario, que le era imprescindible y pensaba que eso imprescindible hasta la raíz de su ser era Dios.

Esta persona caminaba por la llanura interminable y, sin saber por qué, en ese pasaje tan lejano del mundo, a esta distancia tan inaudita de las cosas de la tierra, sin saber por qué, recordó una palabra que había oído todos los días: “Dios te ha dado una bella casa… ¿Por qué no das una contribución para que una familia buena tenga también una casa aceptable en el barrio el Minuto de Dios?…”.

Recordó esa frase… Pero en aquel camino nada había que hacer, sino seguir caminando, en una soledad absoluta y en una oscuridad absoluta…

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