Cuando era niña, escuche tantas veces hablar de la soledad como algo terrible. Casi como una maldición que le había caído a mi pobre tía clarita, por ejemplo. Solterona de la época y pobreteada por todos, precisamente por estar sola. Triste, enfermiza que sufría de fuertes dolores de cabeza; se quejaba por todo y todo le molestaba. Detrás de ella se susurraba: “pobrecita, es que está sola”

Con esa pintura como referencia, y con  todo lo que mis compañeras y las amigas de mi hermana decían en la adolescencia sobre novios, giraba en torno a no quedarse solas. La vida en los setentas no era atractiva para una mujer soltera y el fantasma de la soltería golpeaba a hombres y mujeres por igual.

A lo largo del tiempo he escuchado a muchas personas infelices, mal casadas con la persona equivocada, sosteniendo relaciones malas para ambos, que se casaron  por no quedarse solos y eso les ha significado una vida amarga que los ha traído a la vejez, juntos, acompañados y odiándose y no sé si eso  es lo bueno.  Nunca se permitieron asomarse a la soledad, la tan temida soledad.

Estoy sola, felizmente sola. Manejo mis horarios y mi vida como me gustan. Como, lo que me gusta y veo la televisión que me gusta. Soy plena, amo mis trabajos y vivo agradecida con Dios que me ha bendecido de muchas maneras. Amos a mis hermanos y a mi hermana, a mis cuñadas que son hermanas, al igual que a mi cuñado. Adoro a mis sobrinas y sobrinos y a los sobrinietos. Pero no cambio mi vida por la de ninguno de ellos.

No niego que hay momentos en los que ni lola ni mijita, susie o Marymoon  logran llenar, pero creo que eso le pasa a todo el mundo. Digamos los domingos entre las seis y las seis y media, me da a veces un pequeño golpe de soledad. O tal vez los 24 de diciembres. Pero les confieso que el resto del tiempo soy sola, plena y feliz.

Parece que logré matar al monstruo de las mil cabezas que es para muchos la soledad y no es mala ni temible, al menos para mí.