La señora estaba casi en agonía. La enfermera la miraba con lástima y con pesimismo. El médico entraba cada cuarto de hora a tomarle el pulso, a medirle el ritmo vacilante del corazón.

Las hijas, llorosas y elegantes, estaban al lado de la madre. Mientras, los hijos, en el corredor, fumaban en silencio. De un momento a otro la señora habló con voz débil:

– No veo nada. No veo
– Mamacita, ¿no nos ves? ¿No nos ves a nosotros?
– A ustedes sí, pero no veo nada…
– ¿Por qué dices eso? A nosotros nos estás viendo. ¿Por qué dices que no ves nada?

El médico entró:

– ¿Qué es lo que dice, señora?
– Que no veo, doctor. Nada he hecho en la vida. Sólo veo el abismo y el vacío que se me acercan… ¿Dónde está la piedra? ¿Dónde está mi nombre?… Yo necesito ver mi nombre.

Los hijos empezaron a llorar, creyendo que su madre se estaba volviendo loca.

– ¿Dónde está mi nombre, la piedra?, repetía la señora.
– No crean que estoy loca. Lo que estoy es viendo. Estoy comprendiendo. Se me acerca el abismo y el vacío. Yo sé que ustedes no inscribirán mi nombre. Que ustedes no serán capaces. Que ustedes no gastarán nada, de la herencia que les dejo, para salvar mi alma. Yo era quien debía haberlo hecho. ¿Dónde está mi nombre en la piedra?
– ¿En qué piedra, mamá?

Los hijos se confirmaban en la convicción de que la señora estaba loca.

– Si yo hubiera conocido antes esta soledad, este abismo, este vacío, me hubiera hecho inscribir. Pero ya es tarde.

Una nietecita se subió a la cama de la abuela.

– Abuelita ¿qué es lo que no ves?

Y ella le confesó:

– No veo mi nombre entre “los que pensaron en sus hermanos”, en las piedras de la gratitud.
– Abuelita, yo te voy a hacer inscribir con la plata que tengo en la alcancía… Debo tener como dos pesos…
– Eso no te alcanza, amor. Se requieren por lo menos dos mil. Yo he debido hacerlo, pero nunca pensé en el prójimo, sino sólo en los hijos. Y no basta. No basta.

Las hijas al oír esto, se confirmaron en el sofisma y en el pretexto de que su mamá estaba loca.

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