Este obispo no tiene aire monacal. No se parece a ninguno de esos monseñores que se ven pintados en los cuadros de las sacristías, pálidos, ascéticos, serios. Monseñor es sonriente, charlatán. Se burla de todos. Narra cuentos y anécdotas interminables que repite periódicamente. Su conversación es un monólogo increíble.

Monseñor despacha todas las mañanas, en su sala magna, distintos papeles que le presenta el secretario; dispensas de matrimonio, dispensas de mixta religión, problemas de pastoral, liturgia, monótonos comunicados de las congregaciones romanas.

Al obispo le llegan los litigios relativos a la educación religiosa y a los profesores marxistas que abundan en los colegios y, por supuesto, los problemas típicos de los curas rebeldes. Pero, sobre todo, le atañen los múltiples problemas del clero, y los casos frecuentementes de deserciones sacerdotales. También llegan a su despacho las quejas de la indiferencia religiosa, que se va generalizando entre los jóvenes.

Monseñor comenta con su secretario la situación de los sacerdotes que están pidiendo reducción al estado laical. No puede menos de intranquilizarse profundamente ante esta crisis que agobia a la Iglesia y que alcanza también a su lejana diócesis, que creía, antes, preservada del mundo.

Monseñor reúne cada mes a su clero para hablarles sobre todos estos temas. Con ocasión de la reunión de este mes, el señor obispo preparó su discurso con sus tres divisiones habituales, que los sacerdotes se saben de memoria: ¿Dónde estamos? ¿A dónde vamos? ¿Cómo llegaremos?

El obispo les habló, con un tono familiar, sobre la obediencia a la jerarquía, sobre las exigencias del celibato y las obligaciones adquiridas. Citó algunos párrafos el Vaticano II, e hizo alusión al último discurso del Santo Padre. Los sacerdotes lo oían distraídos. Parecía que nada nuevo les estuviera diciendo. Cada uno pensaba en su trabajo, en sus luchas, en sus problemas parroquiales. Algunos hacían dibujos en el cuaderno de apuntes.

Después del discurso, el obispo preguntó: “¿Ustedes tienen algo que añadir?”. Ninguno se atrevió a decir nada. Entre ellos, había dos o tres que estaban tramitando su reducción al estado laical. Éstos no se sentían aludidos, ni interesados por nada.

Entonces, un joven sacerdote, recién llegado de la universidad de Notre Dame, en Estados Unidos, pidió la palabra. El señor obispo se la cedió sonriendo, preguntándose íntimamente: “¿Qué podrá decir este mozo?”.

– Monseñor y sacerdotes: yo tengo algo que decirles que creo es de inmensa importancia. Lo que voy a expresar lo he experimentado personalmente. Yo marché a estudiar, hace tres años, con el permiso de su excelencia, a Estados Unidos. Iba como un pretexto porque estaba decidido a retirarme del sacerdocio. No le encontraba sentido a mi sacrificio, no me sentía ubicado en nada.

Allá, en la Universidad de Notre Dame, tuve una experiencia de la Renovación Carismática Católica, porque sobre todo el mundo el Señor está haciendo una obra poderosa de renovar su Iglesia. En toda el área de la vida cristiana, el Espíritu está renovando, está transformando al pueblo de Dios. Obispos, sacerdotes, religiosos, teólogos, predicadores, católicos, protestantes, líderes de la Iglesia ortodoxa, todos se están renovando por esta obra del Espíritu Santo.

El señor obispo miró al joven sacerdote atentamente. Y aunque desconfiado de todo lo nuevo, se sentía orgulloso de él y parecía que, en el fondo, estaba de acuerdo con él. El obispo, con voz bondadosa, insinuó: “continúe, padre, que le estamos oyendo”. Y el sacerdote siguió hablando:

– Se está cumpliendo la profecía de Joel, como en tiempos de Pentecostés: “En los postreros días, dice Joel, derramaré mi Espíritu sobre toda carne” (Hch 2,17)

Cuando esto suceda, señor obispo y sacerdotes, se llenarán los seminarios de jóvenes aspirantes. No seguiremos vendiendo seminarios y noviciados porque están vacíos, porque nadie acude.

Ahora yo estoy enamorado de Jesucristo. Ahora no pienso huir. Pero es porque recibí una renovación en el Espíritu Santo, que se llama el bautismo, el nuevo bautismo, del cual el bautizador es Jesucristo, y que es el acontecimiento principal de los Hechos Apostólicos.

Se formó un pequeño grupo alrededor de él, y uno de ellos, con voz familiar pero profundamente sincera, le dijo, echándole el brazo a los hombros: “Ahora, aquí en la intimidad, ¿qué es eso misterioso del bautismo en el Espíritu Santo, y cómo se recibe?