La oración es un camino de vida y es preciso dar pasos para tener un verdadero encuentro con el Señor. Esos pasos se convierten en palabras, estas palabras en acción, y ellas son las siguientes:

La primera palabra es CONVERSIÓN. Quien se dedica a orar, quien quiera aprender este arduo camino, tiene que romper con el pecado, tiene que orientar su vida a Dios. La oración es un encuentro de amistad. El pecado es desorientación de la vida a Dios. Con el pecado en el corazón es imposible encontrar a Dios. El cambio debe ser un proceso y, de ser posible acompañado. Quien decide vivir en la oración, ha optado, ha dicho como María: “Hágase en mí según tu Palabra”. Por ello debe ser algo constante, no puede ser que hoy si y mañana no, no se puede permitir que los afanes y dificultades que se presentan sean excusa para no asumir nuestra condición de convertidos.

La segunda palabra es SOLEDAD. La oración exige una experiencia de soledad. Se necesita detenerse. Es preciso entrar en desierto, dedicar tiempos fuertes a la lectura, a la escucha, a la meditación, a la reflexión y al conocimiento personal, a la contemplación. Quedarse a solas con Dios para hacer intimidad. Pararse en una sociedad de barullo, de prisas, es una prueba desafiadora. La sociedad en la que nos movemos hoy nos exige mucha prisa y poca tranquilidad. En Dios necesitamos poner orden a nuestra vida y esto demanda un espacio de tranquilidad y reflexión, y eso solo se consigue en momentos de soledad interior y, de ser posible, exterior. Le tenemos miedo a la soledad porque creemos que es ausencia de otros, pero muchas veces con otros al lado, nos sentimos igual de solos. Por lo tanto la soledad no nos la producen los demás, es un espacio que nosotros vivimos y que tenemos que aprender a manejar de una manera positiva, para nuestro crecimiento espiritual. Recuerda lo que nos dijo Jesús: “Entra a tu cuarto y tu Padre que está en lo secreto te escuchará…”

La tercera palabra es SILENCIO. Solo desde el silencio ambiental, mental, afectivo y corporal, somos capaces de llegar a Dios. La soledad será la forjadora del silencio. En la soledad descubrimos los ruidos de nuestro interior. Un desafío arduo: hacer silencio en el interior, liberarse de los ruidos, quedarse vacíos para que Dios nos llene. Junto con los ruidos están nuestros miedos, temores, complejos, frustraciones, resentimientos, que necesitan ser expulsados de nuestro interior y solo cuando estamos en silencio y nos enfrentamos a ellos, podremos liberarnos. Mientras nos ocultemos en los ruidos externos y, más aún, en los internos, no podremos alcanzar un equilibrio y una sanación interior. Es difícil callar para dejar que Dios hable, aunque lo ansiamos profundamente. Necesitamos que el Señor nos hable al corazón y nos revele su voluntad, pero libres de ruidos y abiertos a su ternura y misericordia, expresada muchas veces en su silencio y en tranquilidad.

La cuarta palabra es la PALABRA DE DIOS. En la soledad, en el silencio, el hombre creyente tiene un lugar de encuentro con Dios: la Palabra. Palabra que le despierta el corazón. Palabra que le va cambiando de mentalidad. Palabra que le pone en contacto con el Dios manifestado en Jesús. Palabra que será soporte y vida en su oración. Palabra que le llenará paso a paso el corazón, porque el corazón está hecho para la Palabra y la Palabra para el corazón. ¡Quieres hoy la voz de Dios?. Escucha atentamente su Palabra. Es Jesús, Verbo Encarnado, quien se te entrega para que puedas entender y comprender lo que Dios espera de ti. La Palabra es el alimento que día a día te hace crecer en el amor y en el conocimiento de Jesús. Todo cristiano auténtico debe procurar un encuentro profundo con la Palabra, día a día. Así como nos alimentamos varias veces, la Palabra debe ser diaria y constante.

La quinta palabra es ESPÍRITU SANTO. El Espíritu conduce a la soledad, al desierto, donde habla al corazón. El Espíritu es el silencio activo de Dios en el corazón del creyente. Solo desde el silencio y a la luz de la Palabra, llegamos a su clamor. El Espíritu actúa en el corazón por la Palabra, que es la espada del Espíritu. El Espíritu es el que ora, el que reza, el que clama: Abba Padre. Somos poseídos por el Espíritu que en el Bautismo nos fue dado. Él es quién nos identifica con Jesús para que nosotros digamos a Dios: Padre. Él es quien levanta en nuestro corazón, con Jesús, el “Abba, Padre”. Es el Espíritu quien en el corazón da vida a la oración, quien asume la Palabra y la lleva a la reflexión, a la maduración, a la renovación de nuestro interior. Quien ejerce la acción interior, la fuerza que humanamente nos hace falta, que nos conduce a la verdad auténtica.

La sexta palabra es CORAZÓN. En la oración tenemos que entrar dentro de nosotros. Hacer la peregrinación al interior, al fondo, a lo hondo y profundo de la persona, al corazón. Y desde nuestro corazón, donde existe la verdad de nuestra vida, orar. Orar desde el corazón es orar con nuestras limitaciones y libertades. Orar con el corazón es orar desde el barro. El corazón encierra pensamientos, sentimientos, voluntad, etc., en fin, todo lo que somos, por eso desde ahí hay que orar con todo nuestro ser, reconociendo que hemos fallado, que nos hemos equivocado, pero que tenemos el propósito de dejar que Dios nos transforme, nos dé auténtica vida. Abrir el corazón a Dios es creerle que nos ama y que quiere lo mejor para nosotros. Por más equivocaciones que haya en nuestra vida, siempre hay una oportunidad de parte del Señor para sus hijos amados.

La séptima palabra es VIDA. Porque oración que no está enraizada en la vida no es oración. Oración que no ora la existencia no es oración. La vida es el clima del orante. Una vida que es asumida, que lleva a buscar un compromiso serio, en camino de libertad. La vida es el mundo, la sociedad, los hombres, los acontecimientos, los marginados, el cosmos. La vida es el hombre encarnado, como Jesús, en acción salvadora. La oración que no lleva a untarse de la vida, no es oración. Por eso es fundamental una coherencia con lo que se ora. No es apartándose del mundo, de las personas, como vamos a lograr la salvación, sino precisamente comprometiéndonos con nuestra realidad. El mundo necesita ser asumido por los orantes, que proclaman la Buena Nueva, no sólo de palabras, sino con hechos significativos.

Meditemos estas siete palabras y revisemos cómo está cada una de ellas en el camino de oración que estamos construyendo desde una experiencia de encuentro profundo con el Resucitado.
Ora a la manera de Jesús, con un espíritu libre y decidido, convencido del gran amor que el Padre Todopoderoso siente por cada uno de nosotros. Dios te bendiga y te guarde.