El Papa Francisco profundizó en su catequesis sobre la idolatría, tomando la escena bíblica del becerro de oro, que explicó, representa el ídolo por excelencia.

El santo Padre inició destacó el contexto del libro del Éxodo, el desierto, como “el lugar en el que reinan la precariedad y la falta de seguridad”, además es un espacio donde “faltan el agua, la comida y el amparo”, la cual se representa en “la vida humana cuya condición es incierta y no posee garantías inviolables”.

El sumo pontífice explica que la naturaleza humana busca escapar de esa precariedad del desierto, buscando una religión “casera”, “si Dios no se deja ver, nos hacemos un dios a medida” afirmó el Papa. “El ídolo es un pretexto para ponerse en el centro de la realidad, en adoración de la obra de las propias manos”.

En relación al Becerro, destacó que la necesidad de un ídolo llevó a Aarón a crear el becerro, que era símbolo de fecundidad, abundancia, energía y fuerza. El oro del que estaba hecho era la representación de la riqueza.

“Estos son los grandes ídolos: el éxito, el poder y el dinero ¡Son las tentaciones de siempre!”, nos advierte el Papa “Esto es el becerro de oro: el símbolo de todos los deseos que dan la ilusión de libertad y que, en cambio, esclavizan, porque el ídolo siempre esclaviza”, y destacó el Santo padre que “La gran obra de Dios es quitar la idolatría de nuestros corazones”.

La incapacidad de confiar sobre todo en Dios nos lleva a la debilidad, la incertidumbre y la precariedad. Dejar todo a Dios “nos hace fuertes en la debilidad, en la incerteza y también en la precariedad” pues “sin la primacía de Dios caemos fácilmente en la idolatría y nos contentamos con miserables garantías”, Aseguró el Santo Padre.

Pero la debilidad, explica el obispo de Roma, es también la condición para abrirnos a Dios, porque es aceptar que Jesús “se hizo pobre por nosotros”, y por consiguiente que “la propia debilidad no es la desgracia de la vida humana, sino la condición para abrirse a quien es verdaderamente fuerte”.

El sumo pontífice resaltó que es “por su propia insuficiencia que el hombre se abre a la paternidad de Dios” y agregó “La libertad del hombre nace en el dejar que el verdadero Dios sea el único Señor. Esto nos permite aceptar nuestra propia fragilidad y rechazar los ídolos de nuestros corazones”.

El Papa Finalizó diciendo que mirar al Crucificado, es para que todos los cristianos, reconozcan que en Él “débil, despreciado y despojado de todas las posesiones” está el rostro del Dios. “Nuestra sanación viene de Aquel que se hizo pobre, que acogió el fracaso, que llevó al límite nuestra precariedad para llenarla de amor y fuerza. Él viene a revelarnos la paternidad de Dios; en Cristo nuestra fragilidad ya no es una maldición, sino un lugar de encuentro con el Padre y la fuente de nuevas fuerzas desde lo alto”.