Es vital comprender una cosa. El punto de partida, para el acercamiento a nuestro Dios, es el trabajo con nuestra parte humana, que en algún punto nos conectará con nuestra parte divina, pues Dios a través del Espíritu Santo, habita en nosotros. Esta realidad que suena tan evidente y que puede ser tomada como una obviedad, no resulta tan clara para muchos de nosotros.

En conversaciones con personas que están en búsqueda de sentido para su vida, tuve la oportunidad de escuchar los relatos más complejos y tristes que uno pueda imaginar. Las circunstancias de la vida, pueden ponerte muchas veces en lugares y en situaciones que casi te obligan a no hacer lo correcto. Cuando esto pasa la reacción natural de muchos es sentirse llenos de suciedad y por ende, no merecedores de la paz y el consuelo que vienen de Dios.

Es entonces que se escuchan frases como: Yo no merezco acercarme a Dios, si entro a la iglesia la Virgen se sale o primero voy a cambiar un poquito y luego me acerco a la comunidad. Y nada de eso es cierto, en realidad funciona de otra forma, diametralmente opuesta. Veamos el ejemplo más claro.

El hijo pródigo estaba alimentando cerdos, es decir, estaba en el lugar más impuro donde podía estar. Sumado a ello tenía ganas de comer lo que los cerdos estaban comiendo. Desde ese lugar y en esa situación tan compleja, recuerda que tiene un padre lleno de amor y emprende camino, no se detiene a bañarse para llegar limpio a los brazos del que un día le dio la herencia.

Seamos hoy el hijo pródigo, vamos al Padre como estemos, Él se alegra con el regreso, sale a nuestro encuentro y nos abre los brazos. Es posible que hayamos despilfarrado nuestra herencia, incluso hemos deseado comer lo que comen los cerdos, entonces es lógico que nos sintamos demasiado sucios para aspirar a lo divino y es verdad. Es por eso que debemos enfrentar primero lo divino, tomar la decisión de salir de la jaula en la que estamos metidos y emprender el camino a lo sagrado, ese camino que primero pasa por la humanidad.

Procurar un descubrimiento de lo humano, no tener miedo con ver dentro de nosotros, lo que somos y lo que tenemos, para que en ese lugar profundo del ser, en el templo sagrado de nuestra conciencia, en la más profunda humanidad, encontremos al ser de amor que le dio sentido a ese caminar y allí tengamos contacto con lo divino, con el amor de Dios que no tiene límite y no aplica restricción.