Soy un man llorón. Llueve cada vez que cumplo años, y eso según mi abuela, significa que lloro mucho, y sí, quizá tenga mucha razón. Desde que tengo uso de razón, recuerdo que el llanto me ha visitado. Cuando estaba más pelao lo hacía por bobadas, por cosas que no tenían necesidad del llanto. Lloraba porque no me dejaban salir o porque no me compraban los juguetes que quería. Lloraba porque me amenazaban con echarme del colegio por aquello de la indisciplina o porque mi mamá me decía que cualquier loco que pasaba por la calle me iba a llevar si no comía, y por muchas otras cosas por las que uno suele llorar cuando es niño. Era un llorón empedernido, lloraba porque sí y porque no, y además lloraba duro, pa´ que todos escucharan y se dieran cuenta que conmigo se cometían muchas “injusticias”.

Cuando estuve más grande, empecé a llorar por otras cosas. Lloraba por las novias con las que terminaba, por aquello de los amores rotos. Lloraba por aquellos a los que amaba y que se iban yendo. Por mis abuelos muertos. Lloré por mis amigos del colegio cuando nos graduamos. Lloré cuando me enteré que iba a tener una hermana. Lloré cuando me dijeron que me iba pal seminario. Lloré cuando llegué al seminario y me encontré solo. Lloré cuando tuve una crisis. Pero todas estas veces el llanto fue distinto. Silencioso. Solitario. Casi que me escondía para llorar. Claro, me habían metido entonces en la cabeza la idea de que llorar era de ‘niñitas’, que los que lloraban eran los débiles, y que los hombres de verdad no lloraban (yo bien pendejo, me lo creí)

Me pasé un buen rato de mi vida escondiéndome para llorar. No dejaba que me viera ni mi mamá que ya tantas veces me había visto hacerlo. Me puse el disfraz del más fuerte, de ese que no se deja mover por nada, del que siempre está parado frente a sus crisis, inmóvil, sin dejarse tocar ni afectar. Del que no perdía el tiempo en emociones vanas que nada le aportaban a la vida. Un disfraz que al fin y al cabo no sirve para nada, y que solo acaba haciendo que quien se lo ponga, viva en conflicto por no poder mostrarse tan humano como es.

Hoy entiendo que hay más debilidad en esconderse para llorar, en montar una imagen de uno que no es verdadera, en tirárselas del más fuerte. No hay ningún problema, ni se es menos hombre porque algo lo afecte a uno y le toque las fibras de las emociones. A mí, personalmente, a veces llorar es lo único que me permite liberarme, y no por eso soy débil. A veces, cuando extraño mi tierra, a mis amigos, cuando se me despierta el lado provinciano en una ciudad lejana, la mejor fórmula para pasarlo es botando lagrimas por los ojos mientras recuerdo momentos felices.

Allí encuentro sanación. Encuentro tranquilidad. No por pasar la vida llorando, sino por saber que cada llanto es valioso, y que cada lágrima es la muestra de que estoy hecho de carne, de que las ínfulas que a veces me cargo, no son necesarias cuando me enfrento con las emociones que sí son mías. Lloro porque me sana. Lloro porque me llena de nuevas fuerzas. Lloro y disfruto el instante en el que me seco las lágrimas, me levanto del llanto y respiro de nuevo, lleno de esperanza, con una nueva fortuna: la fortuna de estar vivo.