Suena muy fácil decir “a primera vista” que Jesús es Dios y hombre verdadero. Sin embargo, llegar a esta conclusión generó todo tipo de polémicas en los primeros años del cristianismo (y aún hoy produce escándalo): ¿Cómo era posible que Dios, eterno, se hiciera historia? ¿Cómo era posible que en Jesús existieran dos realidades contradictorias como ser hombre y Dios, temporal y atemporal, visible e invisible? De allí surgieron varias herejías que se inclinaban por una de las dos: o por la consideración de Jesús solamente desde su realidad humana o solamente desde su realidad divina. Intentar seguir esta línea haría muy tediosa la reflexión práctica que pretende atender este escrito.  Nuestro objetivo es reflexionar la combinación de divinidad y humanidad que hay en Jesús y vivirla hoy.

Quisiera iniciar con contundencia, siguiendo lo expresado por el papa Benedicto XVI en el año 2013. En ese año, para la Navidad, el papa emérito se preguntó qué significaba la palabra Encarnación, la cual es central para la fe cristiana. Cita entonces a san Ireneo y a san Ignacio de Antioquía para decir que estos padres utilizaron la palabra cuando reflexionaban sobre el prólogo del Evangelio de Juan, el cual dice: “El Verbo se hizo carne”. En esta línea –subraya el papa- el término “carne”, en el idioma original (hebreo) indica “al hombre en su integridad, todo el hombre, pero precisamente bajo el aspecto de su caducidad y temporalidad, de su pobreza y contingencia. Esto para decirnos que la salvación traída por el Dios que se hizo carne en Jesús de Nazaret toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en que se encuentre”.

El Concilio Vaticano II afirmó en la constitución Gaudium et Spes: “El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado” (No. 22).

Pero pensemos en cómo podemos vivir esto hoy. Dice Leonardo Boff que aquello que sea Dios, la primera comunidad lo verificó en Jesús y por eso es que justamente se concluye que Jesús es Dios: ¿Quién es Dios? ¡Es Jesús! Su estilo de vida, su manera de relacionarse con los demás y su intimidad con el Padre eran las muestras concretas que descubrían a Dios que caminaba con su pueblo.

Nuestra espiritualidad eudista (este 25 de marzo celebramos el 376 aniversario de la Congregación de Jesús y María, fundada por san Juan Eudes) es bastante exigente en este sentido: somos Jesús que vivimos y caminamos en la tierra. Ser seres encarnados debe llevarnos a pensar en nuestra vida integral, la cual, aunque caduca y contingente, está lanzada a lo eterno y a lo divino. Es más, nuestro deber consistirá en vivir este misterio de la encarnación en nuestra propia vida, no como una realidad histórica anclada en el pasado, sino como un estilo de vida. ¡Por eso la encarnación es un escándalo! (Papa Francisco, 2013), porque hace del cristiano otro Cristo desde su cotidianidad, desde su diario acontecer y no se deja seducir por las “trampas de la vida”, sino que vive a Jesús como gran paradigma de su realidad integral. Podríamos decir: ¡Dime cómo vives tu vida y te diré qué tanto vives la encarnación!

Y tú que lees, ¿Cómo vives la Encarnación?