A un grupo de estudiantes de teología en el Seminario de Princeton se les dijo que iban a dar un sermón de práctica y a cada uno de ellos se les dio un tema para el sermón. A la mitad de ellos se les dio como tema la parábola del buen samaritano: el hombre que se paró junto al camino para ayudar al necesitado que estaba al lado del camino. A los otros, varios temas bíblicos aleatorios. Luego se le dijo a cada uno de ellos que tenían que ir al otro edificio y dar el sermón. Mientras iban del primer edificio hasta el segundo, todos se cruzaron con un hombre que estaba encogido, se quejaba y estaba claramente necesitado. La pregunta es: ¿se detuvieron a ayudarlo? Y la más importante: ¿Importó que estuvieran pensando en la parábola del buen samaritano? Respuesta: No, en lo absoluto. Lo que resultó determinante si alguien se detendría a ayudar a un desconocido necesitado fue cuánta prisa creían que tenían: ¿pensaban que llegaban tarde, o estaban absortos pensando en lo que iban a hablar?

Esta historia, narrada por Daniel Goleman, sobre la importancia de la inteligencia emocional le llevaba a concluir: Este es el problema de nuestras vidas, que no aprovechamos todas las oportunidades para ayudar, porque nuestro foco apunta a la dirección equivocada. Es el gran dilema de nuestra vida espiritual y de nuestra vida cristiana: reducir nuestra religión a manifestaciones externas que no impactan nuestra espiritualidad profunda.

Justamente esta es también la invitación para la Cuaresma que iniciamos con el miércoles de ceniza. Decía el padre Rafael García Herreros que este tiempo es propicio para convertirnos a Jesucristo: ¡Apártate del pecado, deja la bebida, abandona la infidelidad, rechaza la envidia, domina la avaricia, supera el rencor, aléjate de la inmundicia!

En últimas, la verdadera Cuaresma que el Señor quiere es una auténtica conversión a Él, pensar en Él, actuar en Él y amarlo a Él en los hermanos. Cuando hacemos el ejercicio de hacer vida lo que estamos celebrando, no caemos en la incoherencia de aquellos estudiantes de teología, sino que lo vemos a él en todos. ¡Cuánto cambiarían nuestras relaciones si miramos a Jesucristo en los demás!

Usted piense en su mamá: ahí está Jesucristo; en su papá: ahí está Jesucristo; en su hermano: ahí está Jesucristo; en el profesor: ahí está Jesucristo; en su jefe: ahí está Jesucristo; en quien lo odia: ahí está Jesucristo; a quien usted odia: ahí está Jesucristo; en el sacerdote: ahí está Jesucristo; en el político: ahí está Jesucristo; en el policía: ahí está Jesucristo; en el marginado: ahí está Jesucristo; en el guerrillero: ahí está Jesucristo, así como lo estaba en el hombre encogido que se encontraron aquellos jóvenes.

Por eso la Cuaresma que el Señor quiere es tener la capacidad de descubrir su acción en nuestra propia historia y tener la valentía de evaluarnos: si no hemos descubierto a Jesús en el hermano o en la creación, tal vez sea la oportunidad para darle un giro a nuestra vida, convertirnos a Jesús y ayudar a los hermanos.