Estimado hermano:

¡Es tiempo de conversión! ¡Y nosotros queremos establecer definitivamente nuestra morada en tu corazón! ¡Invítanos a vivir y a reinar en él plenamente! Sin embargo, antes que nada, quisiera recordarte algunos compromisos que debes adquirir para vivir en profundidad tu compromiso cuaresmal. A mis discípulos les dejé una enseñanza sobre el juicio final y la manera como te debes presentar al Señor. Por eso te exhorto nuevamente a vivir un tiempo de cuaresma privilegiado con actitudes de conversión permanente:

Les dije a mis discípulos que cuando yo venga en mi gloria, acompañado de los ángeles, me sentaré en mi trono glorioso. Entonces ante mí serán congregadas las naciones, y los separaré a unos de otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos. Por eso desde ya quiero que pienses: ¿en cuál grupo crees que estás?

Si consideras que estás a mi derecha te diré: ven a heredar la herencia de mi reino preparado desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, era forastero y me acogiste, estaba desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, en la cárcel y acudiste a mí. Así es mi hermano: ¡me serviste a mí en las personas que te rodeaban! Tú sabes de las necesidades que vive tu país, muchas personas no tienen nada que comer y beber. Y aun con tus necesidades no detuviste la ayuda a los más necesitados. Viste cómo pasaban forasteros, enfermos y afligidos por tus calles y te detuviste a ayudarlos. ¡Gracias por hacerlo! ¡En realidad era yo quien deambulaba por las calles! ¡Gracias porque tu ayuda no fue pasajera, sino que quisiste en realidad hacer que ellos pasaran de condiciones menos dignas de vida a condiciones más dignas!

Si consideras que debes convertirte porque en realidad estás en la izquierda, aprovecha esta cuaresma, no vaya a ser que tenga que decirte: tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me diste de beber, fui forastero y no me acogiste, estuve desnudo y no me vestiste, enfermo y no me visitaste, en la cárcel y no acudiste a mí. ¡Sería muy triste para mí hacerlo, pues en mi corazón sólo está la misericordia con los justos! Recuerda que lo que le haces a tu hermano me lo haces a mí.

No quiero que te separes ni un instante de mí, por eso vive a plenitud la vida cristiana como un auténtico hermano mío, animado por mi mismo Espíritu y amado por mi mismo Padre. Si lo haces, entonces viviremos amándonos para siempre en tu corazón.

Gracias por tu amor para nosotros.

Jesús.

Y tú que lees, ¿Qué te dirá Jesús en el momento de presentarte ante Él?