Septiembre es el mes de la Biblia. Pero, ¿qué implicaciones tiene esto para todos los cristianos? ¿Es suficiente con leer la Santa Palabra de principio a fin? ¿Qué podríamos hacer entonces para que este mes no pase desapercibido? Aquí les presentamos algo concreto para hacer:

La palabra Biblia proviene del nombre que los griegos dieron a una ciudad fenicia, localizada en el norte de Beirut. En esta ciudad se comercializaba el papiro, es decir, el papel usado antiguamente. Los griegos llamaron a esta ciudad Biblos, que en este idioma, quiere decir “libros”. Las Sagradas Escrituras, en efecto, no representan un solo libro, sino que son la colección de varios escritos, lo que permite que algunos autores consideren a este “libro sagrado” como una auténtica biblioteca pequeña.

Cuando leemos la Biblia, descubrimos la presencia de Dios en medio de su pueblo y todas las maravillas que ha obrado en su favor. De por sí, una de las grandes características de Dios es su fidelidad a pesar de las varias situaciones de infidelidad que el pueblo le ha proporcionado.

Como cristianos, damos una mirada especial al Nuevo Testamento, donde Dios se hace carne en la persona de Jesucristo. Los evangelios, por ejemplo, narran la buena noticia de Jesucristo como Hijo de Dios. Por lo tanto, no se reducen a una biografía de Jesús sino que su objetivo fundamental es descubrir a este Jesús como el enviado de Dios. Este proceso de reconocimiento no se desarrolló en un solo momento, sino que necesitó una dinamicidad para hacer que el pueblo descubriera que Jesús era el Cristo de Dios. Por eso, los evangelios son relatos post-pascuales, o escritos que son producto de una tradición oral posterior a la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Pero, fundamentalmente, desde una mirada de fe, la Biblia nos enseña a vivir como vivió Jesucristo. Esta convicción la comparte también san Juan Eudes, cuando llega a afirmar que el cristiano es “un evangelio vivo, escrito por dentro y por fuera”. En realidad, el cristiano está en la tierra para vivir la vida de Jesucristo, para ser otro Cristo que vive y camina en la tierra. Y, ¿cómo lo hace? Lo hace cuando continúa y completa la vida de Jesús en su vida, no porque la vida de Cristo haya sido incompleta, sino porque el cristiano forma parte de su cuerpo místico y por ende, debe continuar sus misterios en esta vida.

Por tanto, para vivir la vida de Cristo, es necesario mirarlo a él: orar como él ora, trabajar como él trabaja, pensar como él piensa, predicar como él predica, etc.

¿Quieres vivir la vida de Jesucristo en tu vida? Lee su palabra y ponla por obra. Que este mes de septiembre no sea únicamente el espacio para leer la Palabra de Dios y entronizarla en la casa, sino que también sea el momento para hacer que nuestra vida sea la misma vida de Jesucristo.