Hay en el hombre un anhelo profundo de encontrar el camino hacia Dios, de encontrar la solución de su agonía ante el Infinito inaccesible. Jesucristo nos reveló que la solución del hombre es el Espíritu Santo; el que todo nos lo explica, el que todo nos lo enseña.

El Espíritu Santo es el infinito vínculo amoroso que une al Padre y al Hijo, Él es el que hace que no haya dos dioses, sino un Dios verdadero. Él es la Infinita intimidad que reina entre el Padre y el Hijo. Él ha sido y lo será para siempre, el único camino para ir a Dios, el único camino para encontrar el amor hacia Dios y el amor hacia los hombres. En el principio, el Espíritu Santo se movía sobre la faz del caos universal (Gén 1, 2). El Espíritu Santo animó a todos los hombres, desde el principio, en su tendencia hacia Dios. Cada vez que ha habido un hombre que tienda hacia Dios y hacia el amor, en cualquier latitud, en cualquier playa, en cualquier soledad, en cualquier lejano planeta, siempre ha sido animado por el Espíritu Santo, que es el único camino para ir a Dios y al verdadero amor.

El Espíritu Santo, cuando llegó la plenitud de los tiempos, se posó sobre la Virgen María e hizo que engendrara virginalmente a su divino Hijo Jesús. “Lo que en ella hay es engendrado por el Espíritu Santo”, dice Mateo (1, 20). “Y halló que había concebido del Espíritu Santo”. Jesucristo fue infinitamente lleno del Espíritu Santo. Toda su vida, desde el principio, fue animado por Él.

El Espíritu Santo lo acompañó en todos los pasos de su vida: bautismo, desierto, soledades, diálogos, milagros, predicaciones, oración, alabanza (Luc 10, 21). El Espíritu Santo lo llevó a la institución de la eucaristía, lo llevó al Calvario, como dice la Escritura. Por medio del Espíritu Santo se ofreció inmaculado a Dios (Heb 9, 14). El Espíritu Santo condujo a Jesucristo en su vida hasta la muerte, y lo resucitó (Rom 8, 11).

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, es el que nos da la fuerza para ser cristianos. Él es el que nos envía las buenas inspiraciones, todos los anhelos, toda la energía para cumplir nuestra misión en el mundo y todo el consuelo que necesitamos para vivir. Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos para nosotros. Sin el Espíritu Santo, nunca podríamos aceptar a Jesucristo como a nuestro Salvador (1 Cor 12, 3). Sin el Espíritu Santo, Cristo es un personaje histórico, lejano; y el Evangelio es letra muerta; y la Iglesia, una simple organización humana; y la misión, una simple propaganda; y los ministerios, una burocracia. El culto, sin el Espíritu Santo, se vuelve superstición; y toda nuestra vida, sin Él, se convierte en una monotonía insostenible.

Pero cuando se acerca el Espíritu Santo, el mundo y el hombre se subliman, y gimen con dolores de parto, hasta que aparece la plenitud de la presencia de Dios en nuestra vida (Rom 8, 23).

Debemos decir frecuentemente el grito antiguo: ¡Ven, Espíritu Santo! La presencia del Espíritu Santo debe cubrir toda nuestra vida y debe librarnos de la tentación del pecado, debe librarnos de la frialdad que produce el mundo en nuestra vida. Debe darnos poder para amar a Jesucristo, para hacer de nuestra vida un continuo acto de amor y de adoración. Debe darnos pureza para la amistad y gusto por el silencio y por la soledad y palabra oportuna para compartir y para llevar a otros a lo divino. Y debe darnos paz y esperanza para morir. ¡Esta es la belleza de la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida!