“Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
Como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
Y acaso ni Dios mismo nos puede consolar”
Porfirio Barba Jacob


Sí, hay días en los que salir adelante se hace muy difícil. Días en los que la vida nos golpea fuerte, en los que las lágrimas inundan los ojos, rebosan el alma. Días en los que no hay palabra que consuele, todo nos parece tan efímero, y la vida muchas veces empieza a perder sentido. Nadie se libra de esos días en los que la soledad acompaña el alma, y se está solo aunque haya mucha gente alrededor. Días en los que uno no se siente en el sitio en el que está, en el que el tedio suele tomar postura en nuestra vida.

Son días tristes, a los que no deberíamos temer, sino asumir. Días que se ponen grises aunque haya sol, días en los que no hay ganas de nada, ni siquiera de orar. Eso es la vida, no un simple blanco o un simple negro, sino toda una gama de grises que hay que enfrentar. Hay momentos para disfrutar de lo bonito de la vida, hay momentos para encontrar a Dios en cada una de las cosas buenas que nos pasan, pero también hay momentos en los que sentimos que ni siquiera Dios nos podría consolar. Y no es pecado o falta de fe creerlo así, sencillamente es la muestra más fehaciente de una humanidad que camina sobre la duda, sobre la pregunta por su existencia y por sus dificultades.

Todos enfrentamos esos días en los que la mente no da sino para imaginar el mundo ideal, y se pierde ahí. Días en los que toda nuestra debilidad sale a flote, días en los que toca enfrentar nuestros miedos, ponernos de cara a las preguntas que tanto solemos ignorar. Son días muchas veces de desosiego, días de frustración, días que muchas veces no son días, sino la prolongación de las largas noches en las que se pasa atendiendo al insomnio cargado de incertidumbre. Días en los que el futuro nos atemoriza, en los que no hay sino un camino que elegir.

¡Qué días esos días en los que se añora el pasado! Como si acaso fuera el pasado el verdadero modelo para vivir el futuro, como si no fuera suficiente este presente, que aunque duro, es susceptible de construcción.

Sí, hay días de días, en los que la oración no parece ser la puerta de escape –porque en realidad no lo es-, en los que quisiéramos que la oración solucionara todo, y no lo hace -porque no es su función-. Días en los que la oración no funciona, porque no trae consigo nada –como si tuviera que traer algo-. Días en los que orar no es opción. Días en los que solo queremos reclamarle a Dios, en los que queremos reprocharle su silencio, en los que nos cansamos de hacerle creer que todo está bien –como si Él no lo supiera todo-. Días en los que quisiéramos que la oración fuera eso, un reclamo, una queja, un reproche, una pelea con Dios, pero no nos atrevemos porque nos han convencido de que eso no es oración, como si alguien tuviera la fórmula secreta de la oración, como si ella fuera una receta de cocina, como si no fuera un diálogo sincero en el que se pueden expresar las inconformidades y los miedos… ¡lástima que nos hayan convertido la oración en una pantomima en la que tenemos que declarar que todo está bien, como si estar mal no fuera también una opción!

Ojalá lleguen de vez en cuando a nosotros esos días, para enfrentarnos con nosotros mismos, para desatar nuestra humanidad, para darnos cuenta que estamos en construcción, que nunca seremos totalmente perfectos, que podemos fallar, que podemos llorar y sufrir. Ojalá esos días sean una oportunidad para ir a donde Dios con una oración tan sincera que exprese todo el sentimiento que hay en nosotros, una oración que se aleje de los cánones ortodoxos y a veces tan poco espirituales, una que sea tan espontánea, que luego de hacerla, puedas decir: ¡y eso que hoy no tenía ganas de orar!