Durante el tiempo de Adviento se propone honrar a Jesús, como lo recuerda san Juan Eudes, en su encarnación y su vida en el vientre de María durante nueve meses. Honrar a Jesús no es considerarlo como un Dios inaccesible y en cierta manera alejado del mundo: es considerarlo en su realidad humana y divina, las cuales son integrales. En muchas ocasiones, nuestra vida espiritual corre el riesgo de convertirse en una dimensión ajena de nuestra existencia y que solamente puede manifestarse cuando se sacan espacios para la oración, cuando se va a misa, cuando se reza el rosario o la Liturgia de las Horas. Poco a poco, esta vida según el Espíritu empieza a alejarse de la cotidianidad de nuestra vida y de nuestras relaciones, a tal punto de mal acostumbrarnos a Dios y de llegar a la sequedad espiritual.

Lo mismo nos puede pasar con la figura de Jesús: el hombre – Dios. No podemos quedarnos contemplando en la abstracción a Jesús y alejarlo de la cotidianidad: ¡Debemos humanizar a Jesús!, es decir, sentir que su presencia nos impulsa a hacerlo vivir y reinar en nuestro corazón y en todo lo que nos proponemos, pues se trata de vivir a la manera de Jesús.

Por eso, la invitación en este tiempo de Adviento, en el cual nos preparamos para contemplar a Jesús que se encarna y nace, es a descubrir la dimensión humana y divina de Jesús. En cierta manera, su dimensión divina la tenemos clara: es nuestro Salvador, nuestro liberador, aquel Dios que se ha encarnado y con su humanidad nos ha elevado a la divinidad. Pero la humanidad aún es un desafío: sentir que su modo de vivir, su modo de obrar y de relacionarse con el Padre, son prototipo de nuestras relaciones. Si humanizamos a Jesús durante este Adviento, lograremos descubrir que su vida no solamente nos eleva hasta Dios, sino que nos aterriza en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna, pues consideraremos a nuestro prójimo como salido del Corazón de Dios y nos comprometeremos con la paz integral.