Hablemos de nuestra patria. De esta tierra que nosotros amamo y que todos tenemos obligación de renovar y de hacer cristiana y grande.

No es sólo el gobierno, sino todos nosotros, los que estamos obligados con ella. Con nuestra patria no podemos vivir resentidos; de ella no podemos renegar. A ella no le podemos hacer mal. No tenemos ningún motivo de rencor: ella no dio su divina fe, formó nuestra familia; ella ofreció las tablas que hicieron nuestra cuna y ella nos abrigó con su lana y nos alimentó con sus frutos. Ella plasmó nuestro ser en nuestro hogar, en nuestra escuela y en nuestra iglesia parroquial. Ella no defiende con su santas leyes. Ella no quiere nuestro mal, sino nuestro bien.

Todos estamos obligado a glorificar su gloria, es el perfume de nuestras virtudes. Desde el humilde campesino, que se inclina entre los trigales o entre los maizales y cafetales, hasta el hombre refinado de la ciudad, con sus múltiples preocupaciones y problemas. Desde el barrendero de la calle, a quien nunca sabemos apreciar suficientemente, hasta el primer magistrado, sobre cuyos hombros recae todo el peso de la patria, todos debemos hacerla grande y cristiana.

De esta obra, nadie está eximido, La Providenci ha puesto en las manos de cada uno un aporte característico, individual, personal, que debemos ofrecer a la patria. Cada uno tiene su ofrenda especial, irreemplazable; no una ofrenda de amargura ni de sarcasmos ni de maledicencia. El cristiano, que sabe que la patria es algo del cuerpo místico de Cristo, no puede sentirse eximido de colaborar para su bien.

Decía san Pablo que nadie puede vivir sólo para sí ni debe morir sólo para sí, sino para Aquel que vivió y murió por todos: Jesucristo.

Para los cristianos, la patria deseable en la Tierra no es la que conserva las antiguas estructuras en que el “sí” y el “no” cohabitan en perpetua disputa y forcejean en busca de sus propios triunfos, humanos y terrenales; sino que la patria deseable es un estado en que Cristo reine con sinceridad y con integridad en la administración, en la escuela y en el hogar; y en donde, a su luz, se realice la justicia social. Para un cristiano, lo que importa principal y definitivamente es el reino de Jesucristo y el triunfo de su Iglesia.