Esta distinguida y amable señora, y desde las ocho de la mañana está aguardando su turno en la peluquería. Viste refinadísimamente, aunque recuerda muy bien, pues tiene muy buena memoria, aquel refrán que dice:”La mona, aunque se vista de seda, mona se queda”. Tiene un cuello largo, pero se disimula con muchos collares.

En ese esperar su turno en la peluquería, conversa con sus amigas, que están en la misma condición. Hablan de todo, hablan de la violencia, hablan de las amantes de sus esposos, por supuesto que hablan del gobierno, hablan de todos los chismes de la sociedad.

Esa señora es cumplida para venir cada semana a la peluquería. No vale la peluqueada sino veinticinco mil pesos. Su chofer aguarda, dormitando, en su Mercedes Benz.

El esposo, para salir de ella, le paga el salón de belleza y los otros gastos personales. Tiene dos hijas: una en Estados Unidos, que poco escribe, poco llama; y la otra, casada y ya separada a los dos años.

La señora asiste, además de la peluquería, a un gimnasio, donde recibe masajes y hace sus flácidos ejercicios. Por supuesto, para que no falte nada, ella asiste a un costurero para niños pobres. Ese costurero da risa, pero, de todos modos, calma un poco su conciencia.

Mientras pasa las horas en espera del turno de la peluquería de veinticinco mil pesos, se habla también de la pretensión del cura de pedir quinientos mil pesos o un millón de pesos para dar los materiales necesarios a la gente que quiere construir su casita con sus propias manos.

A ella le parece absurdo y un poco peligroso. Pero, sobre todo, a ella le parece que eso no tiene que ver nada con ella. Que se prenda la candelada, que se incendie el país. Ella tiene un tiquete listo, ella tiene una visa vigente; no hay el menor problema para viajar, de un momento a otro, a Miami a vivir descansando, viviendo los últimos “Moll” y viviendo en su bonito apartamento, con piscina privada, que se ha comprado últimamente.

Al fin le llegó el turno para la peluqueada de veinticinco mil pesos. Le ofrecieron un Tom Collins y llegó un estilista, la saludó cordialísimamente, le hizo cumplidos y elogios, que a ella le gustaban y le añadió alguno comentarios que él sabía por otra parte, de chismes de la sociedad. Le hicieron el champú, le aplicaron su rinse y cremas fijadoras.

Este peluquero, que es inteligente y tremendamente irónico, se decía interiormente un poco de cosas. Entre otras cosas, un monólogo que ella no podía oír, decía: “Esta vieja del chiras viene a pedirme lo que no le puedo dar: juventud y belleza. Eso ya pasó. ¿Por qué no cogerá trabajo?

La señora le hablaba insistentemente: “No se le olvide levantarme un poco más de este lado… Descúbrame la oreja izquierda… Tápeme la frente para que no se vea tan grande…”
El estilista decía: “No te preocupes, querida; vas a quedar preciosa. ¿Tienes alguna fiesta próxima…?.

“¡Claro! Esta noche tengo una recepción en mi casa y va a ir lo más distinguido de la sociedad. Tengo que pagar dos millones de pesos por la recepción; pero, eso sí, va a ser espléndida. Vajilla con bordes de oro, un buffet elaborado por el mejor chef de la ciudad y una orquesta de cámara, que no te imaginas”.

Mientras tanto, el estilista pensaba: “Con razón que pasen tantas cosas en Colombia, con razón que no se pueda arreglar el país, con razón que haya tugurios y haya mil negativas en Colombia; mientras existan estas viejas, no hay nada que hacer. Me provoca mechonearla, me provoca arrancarle estos collares que tiene al pescuezo”.

El estilista seguía trabajando cuidadosísimamente, diciéndose cosas interiormente y contestando distraído a las preguntas y a las peticiones de la señora.

Mientras tanto, estaban todas las otras, aguardando su turno. Millonarias ociosas, millonarias incapaces de pensar en los pobres; de pensar que ellas podrían, sin ninguna dificultad, reunir unos cuantos millones de pesos para resolver la vivienda de unas cuantas familias dignísimas que necesitan ser ayudadas.

En vez de hablar basura en la peluquería, deberían estar planeando una obra realmente bella en favor de los humildes, que les hiciera, en parte, perdonar ante Dios su despilfarro y la inutilidad e insignificancia de sus vidas.