De seguro muchos hemos escuchado alguna vez que el mejor evangelio que pueden leer de nosotros, es nuestra propia vida.

Y es que esta frase, aparentemente tan común, bien podría ser la clave de los cristianos del hoy. Con ella se podrían escribir innumerables tesis, dictarse muchas charlas y hasta escribirse canciones. Y no es extraño que muchas personas la utilicen. Sin embargo, lo más genial de esta frase con la que titulé, es que todos la vemos de una manera diferente y siempre llegamos a lo mismo: nuestra vida habla del Dios que llevamos en nuestro corazón. Ahora, les contaré porqué me gusta tanto esta frase.

Esta frase me gusta de sobremanera, porque siento que la gran diferencia entre quienes tenemos fe en Dios y quienes no, está en que para los cristianos la respuesta a la inspiración, a los triunfos, a los buenos y malos momentos, siempre es Dios.

Un compañero de universidad que no creen en Dios, alguna vez me preguntó por las razones de mi felicidad, a lo que yo contesté, al compartirle mi gran secreto de la vida, que es Dios es la clave de mi existencia. Lo más curioso es que nunca tuve intenciones de decirle que creer en Dios era lo que él debía hacer, porque él lo descubrió. Desde allí me convencí que el evangelio es la mejor forma de hablarle a los demás, especialmente en nuestra época, en donde hay serias críticas hacia la religión y a la larga, serios cuestionamientos hacia Dios, lo que causa que poco a poco, las personas se alejen de Él.

Pienso que los cristianos somos personas totalmente normales. También vemos partidos de fútbol, bailamos, compartimos en familia y exploramos el mundo. Solo hay algo diferente y se trata de ser como Jesús. Piensen en un momento en esta pregunta: ¿qué pasaría si todos fuésemos cada vez más parecidos a Jesús? De seguro nos ahorraríamos muchos problemas y tal vez, nuestra vida y el mundo fuera mejor. Por eso, hacer de la vida un evangelio es poner a Dios en práctica. El evangelio de Jesús era su vida.

Ahora, ¿cómo podemos hablar de Dios con nuestras vidas? La respuesta es muy sencilla y cada uno de los lectores la tiene. Hablar de Dios es amar a nuestros familiares, valorar lo poco o mucho que tenemos, ser buen compañero, sonreír sin muchas explicaciones y amar mucho, amar de Sídney hasta Londres.

En efecto, siempre será mucho mejor hablar de Dios con nuestras vidas que aprenderse versículos enteros y publicar imágenes inspiradoras en nuestras redes sociales, porque el mejor ejemplo para quienes creen en Dios y quienes no creen, es demostrar que somos buenas personas, que nos esforzamos por ser profesionales admirables, que tenemos sueños y motivos para vivir, que somos los mejores compañeros en el trabajo y que nunca nos cansaremos de amar y de hacer el bien. Esto es, en sí, hablar de Dios con nuestras vidas, todos días y todos los minutos de nuestra existencia.