Cuanto más voy viviendo, más me voy haciendo consciente de una realidad que palpita demasiado en mi corazón en estos días. Me senté solo en la banca de un parque, era de noche y hacía frío, la noche estaba gris, y bueno, inevitablemente empecé a realizar una radiografía de mi vida, y de esa manera me di cuenta de lo que ha significado Dios para ella, y me permito en esa lógica, pensar en que significará lo mismo, o mucho más en unos dos, o veinte o cincuenta años.

He recordado que la primera vez que perdí a alguien a quien amaba, mi pelea fue con Dios, irresponsablemente le atribuí toda la responsabilidad. Fue en el año 2010 cuando murió mi abuelo, y sentí que se me cayó el mundo, el pequeño mundo que me había armado en esos años. No lo creía justo, porque mi familia y yo éramos suyos, le servíamos, le orábamos, y Él nos pagaba así. ‘Tremenda desfachatez’- pensaba en esos días-. Le reclamé mucho, le lloré, le grité, le reproché que no sanara a mi abuelo del cáncer que se lo llevó. Ahora lo pienso de otra manera, y lo leo en clave de fe, entiendo que la culpa no fue de Dios, y que lo más importante fue que Él estuvo ahí conmigo, aguantando mis berrinches, haciendo el papel perfecto de Padre que tan bien le queda.

Recordé también que la primera vez que una novia me cortó, fue precisamente porque yo pasaba mucho tiempo en la iglesia, en los grupos de jóvenes. Qué difícil era en ese entonces reconocer que algo tenía Él que me atraía y que me hacía ponerlo por encima de todo. Recuerdo que justo cuando ella acababa de terminarme, yo entraba a la misa un jueves de hora santa. Frente a Él lloré, y le conté lo difícil que era. Que vaina, descubrí que también en ese momento, estuvo ahí.

Pensé en que el día en que murió mi abuela, en el 2014, con una fe un poco más madura, enfrenté los últimos momentos de su vida frente al sagrario, llorando de decepción por la perdida. Fue un día duro. Nunca había, ni he orado tanto, además con tanta fe y desilusión al tiempo como ese día. En todo momento le decía que quería su voluntad, pero Él sabía que no, que no lo quería así, que quería que se hiciera la mía. A pesar de eso, estuvo conmigo, y una vez más, en un momento determinante de mi vida, me acompañó.

La primera vez que me monté en un avión fue para ir a buscarlo de una manera más auténtica. 17 años tenía entonces, y creyéndole a su propuesta, tomé la resolución de salirme de mi casa, de dejar a mi familia, a mis amigos, de dejar las tardes de tertulia bajo un palo de mango, y las noches de parrandas para estar junto a Él. Qué maravilla fue darme cuenta que no era yo el que estaba junto a Él, sino que una vez más, era Él el que estaba ahí, junto a mí, sin irse. Vine al seminario, con sueños, con ganas de ser un cura que diera la vida por los más necesitados. Las primeras semanas fueron para descubrir que había razones para estar con Él, para dejarme acompañar. Con el paso de los años, he ido descubriendo que en cada crisis, en cada momento de aburrimiento, en cada espacio de soledad, en cada segundo de tedio y de sinsentido, estuvo, ha estado y estará allí.

Hoy estoy seguro que Él no pasa. Cuatro acontecimientos de la vida que representan toda una vida sintiendo que me ha acompañado, que no me ha dejado solo cuando me he sentido solo, triste y a veces hasta sin ganas de nada. Hoy tengo memoria agradecida al ver el pasado y encontrarlo siempre, en todo momento. Hoy, tengo además la plena certeza que permanecerá, que no se irá, y que aunque yo me vaya dos, tres, cuatro o mil veces, Él estará dispuesto a acompañarme a donde vaya. Porque su compañía no se limita a unos espacios concretos, porque ha jurado estar conmigo aquí, allá, en la China o en la mitad del mar, y eso me hace sentir tranquilo.

Él no pasará, aunque yo pase, aunque me vaya, aunque me quede. Él no pasará. Y el día que me vaya, se irá conmigo, y cuando decida volver, conmigo volverá, porque está en mí, porque estoy en Él.