El minero va todos los días en silencio. A nadie ama, en nadie piensa, sino sólo en su propia mina de oro, en su mina de esperanzas. Su abuelo le aseguró que la veta era opulenta y su padre se lo juró también: Pero había que trabajarla. Quizá a los cien metros, tal vez a los quinientos hallaría el filón dorado.

Y el minero se consagró con todas sus fuerzas, con todos sus bríos, con todos sus músculos. Para él no había gustos ni fiestas, ni sol ni luz; sólo la mina, como una obsesión, como una locura.

Antes de entrar, todas las mañanas, el minero se demoraba un momento, sin la menor duda de que ella colmaría algún día su ambición.

Pasaban los meses, y los años se sumaban a los años. Consultaba los documentos paternos y todos le daban seguridad; algunas veces, inmóvil de cansancio, se acurrucaba ante la roca dura y avara, clavando en ella su mirada, pero sin una palabra de reproche, sin un acento de desconfianza. Tenía fe absoluta, tenía seguridad y volvía a su trabajo.

Transcurrieron diez y veinte años y el hombre, siempre anhelante, siempre taciturno, terco en su anhelo y petrificado en sus esperanzas.

Allá había terminado su adolescencia, en la mina había corrido su juventud. Nunca una sonrisa de amor a su lado, jamás un afecto que no fuera el de socavón. Su cabez se fue planteando: La mina no le había dado oro, pero le había cernido nieve sobre sus cabellos. Y el filón codiciado no aparecía. ¿Qué hacer? Llegó la edad flaca y temblona. El viejo caduco se apretaba los labios sin decir nada. ¿Ir a buscar en otra parte trabajo? Ya era tarde en la vida, ya llegaba la noche… ¿Y cómo abandonar la mina, que amaba con todas sus entrañas? El minero bajó la cabeza y la sumergió entre sus manos ennegrecidas. Después, mudo como siempre, tomó la pica y se internó de nuevo allá adentro.

Se sentía enfermo, ya no era el mismo atleta de antaño. Su salud se había arruinado. Todo lo había perdido; lo único que persistía, a pesar de todo, era la esperanza, flotando naufraga en su mar.

El viejo quería que lo cogiera la muerte al pie de la roca, como a un vencido al lado de su bandera. Lo terrible no era morir, lo terrible era caer sin haber logrado lo que había buscado cuarenta y ocho años. Pero quería terminar, y que sus huesos, blanqueados con el tiempo en ese zanjón, dieran testimonio de su empeño y de su suerte.

Llegó al fondo de la mina, pero no pudo resistir a la tentación de la esperanza. Recogiendo todas sus fuerzas flacas, golpeó la roca, y luego pasó la mano temblorosa. Sintió en ella el frío de la muerte, o el frío del metal. Miró atentamente con sus ojos vidriosos y nublados, y contempló – no lo podía creer – un hilo de oro; ¿no sería más bien el hilo de oro de la muerte?

No se había engañado; tarde o temprano la hallaría. Siempre se lo había dicho el corazón. Había que trabajar, había que persistir y esperar hasta la tarde.

Dio dos o tres piquetazos más, y rompió con ellos el tabique que lo separaba del tesoro. Sus ojos, acostumbrados a la perpetua oscuridad, se ofuscaron como ante un horno de fuego deslumbrante. Le era casi imposible admitir la realidad de lo que veía. Era cierto: ahí estaba lo que había buscado toda la vida.

Sentía la suprema felicidad del hombre a la hora final: la de no haber fracasado. No le importaba no poder gozar de su hallazgo, lo que a él le había aterrado siempre era morir desengañado e iba a morir ante el júbilo del triunfo.

El hombre, mirando inmóvil, extático, la constelación de oro de su mina, sintió ahora sí que los ojos se le nublaban definitivamente y que el corazón se le aquietaba. Pero ya no tembló ante el morir… no era un engañado ni un derrotado. Había encontrado lo que se había propuesto encontrar.

¿No es este cuento la historia íntima de los que buscan a Cristo y en la oscuridad y en el silencio y en el dolor lo anhelan perpetuamente, luchan a veces contra toda esperanza, hasta que al fin, al dar el último piquetazo, rompen el tabique que los separa de su filón de oro y de luz y de vida, que es la eternidad con Dios…?

Cuentos Padre Rafael García Herreros, volumen 2 – Consíguelo en TiendaMinutodeDios.com