Las meditaciones sobre el Espíritu Santo nos han llevado a lo más profundo y exclusivo del cristianismo: la cercanía de Dios, la penetración y habitación de Dios en nuestro ser, por medio de ese Espíritu adorable.

Al Divino Espíritu se debe también que se nos ofrezca el cielo como posible, la contemplación personal e inefable de la Divinidad. Uno de los efectos más singulares de la presencia de Dios en el alma es el sentirnos peregrinos en el mundo, desterrados y anhelantes de la Patria.

El día de la Ascensión meditamos en el cielo. ¿Qué es el cielo?¿Dónde está el cielo? El cielo que el Nuevo Testamento nos descubre no está arriba ni abajo, no está en ningún lugar determinado del universo, como en el Sol o en Sirio, no está tampoco en la inmensidad del espacio; tampoco quiere decir una paz celestial aquí en la tierra. Para comprender qué es el cielo, debemos alejarnos de todas las aproximaciones e ir a lo esencial.

Léanme con atención: el cielo es la intimidad sacrosanta de Dios, es la inaccesibilidad, la impenetrabilidad de Dios hecha penetrable al hombre por medio del Espíritu Santo, en la persona de Jesucristo. Lo que San Pablo llama luz inaccesible. Lo que se nos revela en varios pasajes de la vida de Cristo, cuando Dios se abre ante Él y le habla, entonces se dice: “Se abrió el cielo”.
Esa impenetrabilidad de Dios, ese misterio adorable del ser de Dios hecho penetrable al hombre es el cielo, donde estaremos después de la transformación que se ha verificado en nosotros después del bautismo por obra del Espíritu Santo.

Nada de lo humano puede pretender este misterio inenarrable: ni culturas ni aspiraciones, ni esfuerzos, sino la nueva criatura hecha según el plan primitivo de Dios. El que hace desaparecer el abismo entre Dios y la criatura es el Espíritu Santo. Él nos da la responsabilidad de entrar en la adorable plenitud de luz, de verdad, de amor, que es Dios, nuestro cielo. Tengamos mucha devoción al Espíritu Santo. Él debe ser nuestro huésped perpetuo. Quizá por su inspiración debamos dar un cambio total a nuestra vida.

Por eso, después de la Ascensión y después de meditar en el cielo, viene recibir el Espíritu Santo. Usted, oyente del Minuto de Dios, usted lector fervientísimo, usted que vive en el ambiente más excepcional de Colombia y de América Latina, ¿usted, ha recibido el Espíritu Santo? ¿O es totalmente desconocedor de Él, como decían los habitantes de Éfeso: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo (Hech 19, 2)?