La palabra desierto según su definición etimológica designa un lugar geográfico, despoblado, árido, a veces con escasez de agua, plantas y animales. Sin embargo; en un sentido espiritual, se puede interpretar como un lugar donde, nos encontramos con quien nos Dios, donde se ayuna, se recuperan fuerzas desgastadas, y nos purificamos del mal. Hoy quiero hablarte de este desierto espiritual, como una estación necesaria en nuestra vida cristiana. Por eso te hablaré de dos formas de mirar y de vivir el desierto espiritual:

El desierto como lugar del encuentro con Dios

En el libro del éxodo, capítulo 24, versículos 12 al 18; nos dice que Moisés demora 40 días sin comer ni beber, en la montaña de Sinaí para recibir la ley. También 1 Re 19,1-8, nos habla de los cuarenta días de Elías en el desierto, narrando que por orden de una reina no temerosa de Dios, llamada Jezabel, el profeta es perseguido por desterrar a todos los seguidores de un falso dios, este al verse perseguido y amenazado de muerte por cumplir la voluntad de Dios, huye al desierto y se acuesta en el suelo, y le habla a Dios diciéndole, que él no es mejor que sus padres, y que le quite la vida. Dentro de su tristeza y desesperación de repente llega un ángel del Señor, le da comer y beber. Después de esto el se vuelve a acostar, y este ángel le dice; “levántate y vete te falta mucho camino por recorrer”, y este se levanta superando el decaimiento y el cansancio.

Sin duda alguna, a veces necesitamos un tiempo donde podamos encontrarnos con Dios, y escuchar su voz así como lo hacía Moisés, o un lugar donde podamos buscarle y decirle lo que sentimos y para luego con su gracia y en sus manos, reponer nuestras fuerzas como lo hace el profeta Elías. Estas dos historias nos ayudan a comprender el sentido de la Cuaresma, unida a los 40 días que estuvo el mismo Cristo en el desierto, viviendo la experiencia de la oración, de la tentación, pero también la preparación para su ministerio evangélico, (Mateo 4, 1-11).

El desierto como lugar de purificación

El desierto es un lugar donde Dios nos habla, ya lo habíamos dicho anteriormente, sin embargo; también es un espacio de purificación y limpieza, donde Dios restaura a su pueblo, así como lo expresa el libro del profeta Oseas, (Os 2, 16-19). Cuando Yhavé trata de esposa a Israel, que se había desviado y le había sido infiel con otros dioses o amantes, y la lleva al desierto para purificarla:

16. Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.
17. Allí le daré sus viñas, el valle de Akor lo haré puerta de esperanza; y ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto.18. Y sucederá aquel día – oráculo de Yahveh – que ella me llamará: «Marido mío», y no me llamará más: «Baal mío.» 19. Yo quitaré de su boca los nombres de los Baales, y no se mentarán más por su nombre.
A menudo rechazamos la experiencia del desierto, la del encuentro total con Dios y el permitir que Él obre en nosotros, rechazando esos espacios de silencio y soledad, quizá porque tenemos miedo de encontrarnos con nosotros mismos, y de descubrir qué lejos de nuestro creador no somos más que ceniza.

Hoy te invito a que entres en el desierto de tu vida y reflexiones sobre ¿cómo ha sido tú vida?, y desde tu aridez preguntarle a Dios ¿qué quieres de mi?.

Ir al desierto requiere valentía, coraje, también alejarte de lo que te todo, para solo contemplar a Dios, quien nos ama, y puede dar sentido a nuestras vidas. En el silencio del desierto con Dios, encontrándote contigo mismo, sanarás todo aquello que te lastima y te aflige, como lo hizo Elías, Moisés, y Jesús, o como el mismo pueblo, aunque le había sido infiel. En este día pide la gracia de encontrarte con tu creador, despojado de todo, y de seguro el te responderá.