(19 al 25 de mayo). ¡Qué bueno que todo eso sucedió! Estas palabras, con las cuales el padre Diego finaliza su libro “El Seminario, único camino al sacerdocio”, donde rinde homenaje a sus maestros, amigos y hermanos, quisiera comenzar este artículo que pretende ser una “memoria siempre agradecida” al padre Diego. ¡Qué bueno que la Divina Voluntad te trajo aquí, padre Diego!

Seguramente usted, querido lector, lo recuerda en la televisión por su constante frase: “Dios mío, en tus manos colocamos este día que ya pasó y la noche que llega”, la cual fue continuación de la misma entrega de la jornada a Dios que hacía el padre Rafael García Herreros por todos los colombianos.

El padre Diego es un gran hermano y un gran “papá” para muchos de nosotros. Su testimonio de vida y de entrega nos hacen pensar cada día en la importancia de vivir plenamente el sacerdocio sin reservas. Cuando nos fijamos en El Minuto de Dios y su impacto en Colombia comprendemos que, a ejemplo de Jesús, debemos pasar por el mundo haciendo el bien. Por eso en este día y durante esta semana pidámosle al Señor que suscite muchas personas comprometidas con el desarrollo integral de los seres humanos.

Podemos decir con razón que el padre Diego, a través de su apostolado en servicio de la sociedad, puso por obra, como el padre Rafael García Herreros, aquellas bellas palabras:

«Yo quiero decirte, hombre, que he descubierto que el secreto para ser feliz es amarte. Y quisiera contarlo a todos. Y quisiera consagrar mi vida a tu servicio. Tú me has envuelto en el mismo y único amor de Dios. “Amarás al Señor, tu Dios, y a tu hermano el hombre”. Este es el mandato. Cuando estoy junto a ti, sé que estoy cerca de Dios. Todo cuanto hago por ti, hombre, lo hago por el eterno, por el infinito que es Dios. Cuando te amo, estoy auténticamente amando a Dios. Porque la expresión más auténtica de nuestro amor a Dios es nuestro amor al hombre».

Gracias, padre Diego, por mostrarnos y demostrarnos cómo nos ama Dios.