Voy a contarles un cuento futurista, incierto, posible y abrumador. Este cuento entra en lo totalmente inimaginable. Su tema es impensable. Sin embargo, ¡ensayemos!

Cuando yo muera, cuando usted muera, cuando mueran sus amigos, cuando mueran los hombres, entraremos a una situación absolutamente inimaginable. Entraremos a formar parte del Cuerpo glorioso de Cristo. ¿Cómo es eso? Tratemos de pensar, soñemos…

Cristo resucitado tiene un cuerpo grandioso y glorioso. No es su limitado cuerpo humano, de un metro con ochenta y cinco centímetros. Es un cuerpo inmenso, grandioso, adorable. Digno del cosmos, digno de ser el centro del universo.

Allí llegaremos a formar parte de su unidad y de su persona total. Nuestro cuerpo, nuestra persona se adherirá a Jesucristo glorioso, después de una tremenda transformación instantánea; recibirá la perfecta participación de la filiación que tiene Cristo. Allí será el cuerpo celestial que no ha sido prometido. “Se sembró cuerpo animal y resucitó cuerpo espiritual. El primer hombre es terrenal, el segundo que es el Señor, es del cielo” (1 Cor 15, 46-47). Lo corruptible se vestirá de incorrupción, lo mortal de inmortalidad.

¿Cuál será nuestro sentir, nuestro pensar, nuestro mirar, en esta situación? Esta perspectiva que el mundo moderno olvida absolutamente y quiere hacernos olvidar por todos los medios y que, sin embargo, inquieta a muchísimos, a todos lo que piensan, expresa un futuro insondable para cada uno de nosotros, totalmente superior a nuestra mirada y a nuestra imaginación: todos integrados en Cristo, en el Cristo infinito, en el Cristo eterno, en el Cristo que toma el señorío y el reinado y el centro de todo el universo visible e invisible.

Los quiero invitar a pensar, a soñar, a esperar esta gran realidad futura: pasará el hombre, pasará la historia, se realizarán cosas muy importantes en la tierra y en los miles de astros habitados, pero el término final para todos es integrarnos en la belleza e inmensidad de Jesucristo. Ahí estaremos todos, menos quienes nunca amaron, quienes no quisieron creer, Nos integraremos, en Cristo, a todo lo bello que hay en el universo.

Eso será el cumplimiento perfecto, el anhelo de toda la creación, la manifestación de los hijos de Dios. la creación que fue sujetada a la vanidad, será libertada de la esclavitud de la seducción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Ya no seguirá su gemido con dolores de parto. Todos lograremos su adopción, la redención de nuestros cuerpos (Rom. 8, 22-26).

Habrá entre todos los hombres una preciosa intimidad, una indescriptible unidad. todos nos reconoceremos conformado en íntegro y total cuerpo de Cristo. No faltará ninguno: ni los primitivos, que experimentaban por primera vez el pensamiento; ni los lejanos indios de América; ni los valiosos pensadores de Grecia ni los bárbaros que , posiblemente, nunca tuvieron esperanza; ni los antiguos orientales ni los hombres del medioevo; ni los jóvenes muertos ni los viejos entristecidos ni los amantes ni los filántropos ni las tristes tameras ni los insatisfechos homosexuales. Ni todos los poetas ni todos los artistas ni quienes nunca salieron de la limitación de su pequeño mundo interior.

Los ángeles, que son presencia insondable de Dios, y los hombres, que son presencia efímera y transitoria, todo ese complejo infinito e innumerable de seres que tuvimos vida, estaremos integrado el Cristo completo, bello, inmenso, digno de ser el Señor de la totalidad.

Este es el cuento, mezcla de esperanzas, mezcla de lágrimas, de ensueños y de fe. ¡Nadie sabe si será o no será! porque cuando el hombre piensa en las cosas importantes, nunca tiene respuestas apropiadas; nuca puede decir casi nada.

Sobre este cuento terrible y bello nadie quiere ni se atreve a pensar. Ni los presidentes ni los ministros no los técnicos ni los obispos. ¡Todos en silencio!

¡Todo es esperanza y todo es abrumador! ¿Qué podrán decir de esto el Papa y todos los jefes espirituales del mundo? ¿Qué dirán de esto los teólogos? ¿Qué dirán los resucitados? ¿Qué dirán de esto quienes duermen en sus tumbas?

Si alguien tiene la palabra cierta y definitiva, que suba al estrado del mundo y la proclame, ¡que nosotros los hombres oiremos, ansiosos y expectantes desde hace muchos siglos, esta respuesta!

Consigue el libro de Cuentos del padre Rafael García Herreros, y disfruta de toda la colección en TiendaMinutodeDios.com