Durante la audiencia del último miércoles de octubre, el Papa Francisco nos adentra en una reflexión sobre nuestro comportamiento, y nuestra forma de prepararnos para la muerte. Tomando el momento que conmemoramos el viernes santo. El santo padre destacó que ese día Jesús no estaba solo en la cruz, que había dos personas con él, una a cada lado y que ese día que Jesús llega al punto máximo de su encarnación y de su solidaridad con nosotros, que somos pecadores. Y también allí el Señor tiene la última cita con un pecador, para abrirle de par en par, también a él, las puertas de su Reino.

Además nos relata el Sumo Pontífice, es la única vez que la palabra “paraíso” aparece en los Evangelios. Y el Hijo de Dios le promete a un “pobre diablo”, que en el madero de la cruz tuvo el valor de dirigirle la más humilde de las peticiones: “Acuérdate de mí cuando entrarás en tu Reino”. Naturalmente él no tenía obras de bien para hacer valer y, sin embargo, se encomienda a Jesús, reconociéndolo inocente, bueno y tan diverso de él. Por esta razón, fue suficiente aquella palabra de humilde arrepentimiento, para tocar el corazón de Jesús.

El Papa nos muestra que el papel del “buen ladrón”, nos recuerda cuál es nuestra verdadera condición ante Dios, quien es compasivo, y que a pesar de lo que hacemos, no hay ni una sola persona que por más mal que se haya comportado, permanezca sola en la desesperación, porque la gracia es para todos.

Luego nos habla del examen de conciencia y el paraíso diciendo: “cada vez que un hombre, haciendo el último examen de conciencia de su vida, descubre que sus faltas superan tanto las obras de bien, no debe desanimarse, sino encomendarse a la misericordia de Dios”. Destacando que siempre tendremos tiempo del perdón, del arrepentimiento, y de aceptar la grandeza de Dios y su amor. Del paraíso nos explica: “no es un lugar de fábula ni un jardín encantado; sino el abrazo con Dios, Amor infinito, en el que entramos gracias a Jesús, que murió en la cruz por nosotros”.

Dice el Santo Padre, Donde está Jesús, está la misericordia y la felicidad. Sin Él hay frío y tinieblas. En la hora de la muerte, el cristiano repite a Jesús: “Acuérdate de mí”. Y si no hubiera nadie que se acordara de nosotros Jesús estará allí, junto a nosotros. Nunca solos porque ellos siempre nos acompañan.

EL Papa finaliza invitándonos a creer que Jesús siempre está con nosotros y que sí estamos convencidos de esto dejaremos de temer la muerte y podemos esperar también en partir de este mundo con serenidad y tanta confianza.