Mateo 21, 1 – 11

Se desarrolla en Jerusalén capital de Judea, la cual está claramente identificada con Sión, esto es muy importante ya que era el centro religioso del pueblo porque en ella se encontraba el templo.

En el versículo 3 se acentúa aquí en alto grado el señorío de Jesús (el Señor los necesita, pero enseguida los devolverá). En ocasiones olvidamos que Él es nuestro Señor y eso debe significar que sean quien dirija tu vida. No se trata únicamente de decirlo en un día especial como el domingo de ramos, es más bien que se confirme con cada acción que se realiza.

En medio de ese reconocimiento del señorío de Dios, nace una expresión que creo que casi todos los creyentes la han utilizado en algún momento de la vida: Hosanna al hijo de David. Hosanna significa “te ruego que me ayudes (o salves)”. Aquí en el evangelio de Mateo, forma parte de una cita del Salmo 118,25.26, en ese contexto era parte básicamente de una aclamación litúrgica, ¡salve! o ¡bendito! Este salmo se utilizaba en la liturgia de las fiestas judías.

Creo que algunos olvidan el gran significado que tiene el domingo de ramos para los creyentes, ya que nos centramos únicamente en la “palmas” y dejamos de lado que es un pedido que se debe realizar a Dios, teniendo la plena confianza que solo Él podrá ayudarnos. Todos tenemos necesidades y en ocasiones por el dolor o el afán que produce aquella necesidad buscamos ciertas salidas o alternativas que lo única que hacen es distanciarnos cada día más de la presencia de Dios.

Las palmas o ramos nos deben recordar la vida y la esperanza que únicamente la encontramos en Jesús, que esa alabanza y plegaria sea un anhelo sincero del corazón, el cual te nos comprometa a reconocerlo como el Señor de nuestra vida, que no se limita a una semana, sino que trasciende la vida y le da un rumbo diferente. Eso sí, no será sencillo ya que es un proceso el cual necesariamente pasa por el vía crucis para poder triunfar en la resurrección.