“Nos conmueve la actitud de Jesús: no escuchamos palabras de desprecio, no escuchamos palabras de condena, sino sólo palabras de amor, de misericordia, que invitan a la conversión”.
Primer Ángelus del papa Francisco, Plaza de San Pedro, domingo 17 de marzo de 2013.

Con estas palabras del papa Francisco quiere invitarte a una pequeña reflexión sobre la misericordia de Dios que se extiende por toda la tierra. Meditar la vida del crucificado es vivir el amor en todo su esplendor, un amor que se da hasta el extremo, un amor que se entrega mucho más de lo que podemos esperar, un amor como ningún otro. Ese amor es también misericordioso que no tiene en cuenta nuestros pecados sino el arrepentimiento de corazón. En la mayoría de los pasajes bíblicos se puede percibir que Jesús actúa sobre los que necesitan una palabra, los oprimidos, los que son rechazados, los que necesitan ser amados. Sabía del dolor humano, porque Él también lo vivió cuando murió su amigo Lázaro y es por eso que da vida para liberar a los que están presos a causa de la indiferencia y del olvido. Nos está diciendo en términos más prácticos que Él está en los lugares menos pensado y se manifiesta a través de la misericordia.

Uno de los textos que expone de manera maravillosa la misericordia de Dios es: Lucas 15: 11-32. Que se conoce como la parábola del hijo pródigo y del cual podemos meditar varios aspectos. El primero es la libertad que nos da Dios como hijos. Una libertad que debe ser vivida bajo la responsabilidad que tenemos para nosotros y los que nos rodean, aunque el concepto actual sea hacer los que nos da la gana sin importar qué, se hace necesario una mirada como creyentes que tengan claro el vivir a la luz del evangelio. El segundo hace referencia al hijo mayor que siente que no se le ha sabido recompensar su entrega al hogar y manifiesta todo lo contrario al padre. Muchas veces esa es nuestra actitud con aquellos que quieren acercarse al señor y en vez de ofrecer nuestras manos señalamos sus acciones como si fuéramos jueces o dueños del amor de Dios. Recordar que Dios es misericordioso con nosotros nos ayuda a entender al prójimo. Tercero, la actitud más importante, la del padre, la bienvenida que le da a su hijo es el ejemplo más claro de la felicidad que siente Dios cada vez que nosotros volvemos a sus brazos, que volvemos al primer amor. La alegría se extiende por toda la casa que hasta los criados se contagian y atienden con las mejoras ropas al que estaba perdido.

Dios te espera con sus brazos abiertos querido lector. Me uno a la fiesta del cielo porque has vuelto a la casa del padre y, créeme, te doy mi mano para que juntos vivamos la alegría del amor que viene del que es amor en abundancia. Ten claro Dios no es justiciero, es misericordioso