A cualquier ser humano que piense y sienta, le puede pasar. Inicia un proyecto, una relación, una amistad, un grupo de trabajo y se entrega por completo a cada una de estas cosas. Deja de ver por sí mismo para empezar a ver por los lazos que se crean. Se tienen esperanzas, hay momentos en los que todo camina perfecto y no se necesita pensar en que, en algún momento de la vida todas esas cosas terminarán, ya sea por la tan temida muerte o sencillamente porque la ilusión no alcanzó.

Es muy fácil hacerse ilusiones. Es muy fácil pensar en la vida perfecta, en aquella que no requiere esfuerzos, en la que parece que ya todo está determinado, y en la que no hace falta luchar por nada. Es muy fácil creer que una persona o un proyecto nos van a acompañar por el resto de la vida, que no nos fallarán y que la decepción nunca va a tocar a nuestra puerta. En serio, creer en esa vaina es muy fácil. Sin embargo, la vida nunca ha sido tan rosa como nos la pintan, y al contrario de lo que se dice, en muchos aspectos de la vida nos ataca la desilusión.

Qué problema se nos forma cuando no alcanzamos expectativas, o cuando otras personas no cumplieron con promesas. Qué problema cuando la vida no encuentra sentidos, y se olvida de los motivos que la conducen a creer en lo que se cree y a luchar por lo que se lucha. Qué problema cuando las estructuras de la vida ya no alcanzan, cuando todo se derrumba y cuando toca empezar de cero. Hay de todo en esos momentos: desesperanza, desosiego, depresión y muchas veces poco sentido. Para resumirlo en una sola palabra: desilusión. Momentos de desiertos, de obstinación y frustración, momentos para entender que no todo sale como se planea, y que no está mal no tener un plan de contingencia. Momento para darnos cuenta de lo débiles que somos y de lo propensos que siempre seremos a no poder controlar todo tal cual queremos. ¿Qué queda?

Ojalá la vida fuera tan así cómo queremos. Ojalá todo saliera como lo planeamos. Ojalá la gente y las situaciones no fallaran. Ojalá los proyectos de vida fueran siempre estables y los motivos no se apagaran. Pero no, es importante entender que también desilusionarse hace parte de la vida, que en el peor de los casos, la desilusión no es el final, sino un nuevo comienzo. Ya lo diría Córtazar: “Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo”. Desilusionarse debe siempre ser el mejor motivo para querer hacerlo mejor, o para querer empezar de cero a hacer cualquier otra cosa. La desilusión se da solo cuando aquello en lo que hemos puesto cierto grado de confianza, falla, y el truco está en entender que las fallas son siempre nuevos motivos para aprender y crecer.

Vivamos sin miedo a desilusionarnos, conscientes de que la desilusión nos permite entendernos más humanos, que nos da la capacidad de crecer y de no cometer los mismos errores. Permitamos desilusionarnos, no para deprimirnos, sino para encontrar siempre nuevos sentidos, nuevos caminos y para reconstruir la vida con nuevas ilusiones, más sabios, menos tercos.