Si algo tengo claro a esta altura de la vida, es que uno no le puede parar mucha bola a esa parte de la conciencia que se vive armando teatros a cada momento. Estoy convencido que la mente tiene la capacidad de crear shows barbaros, de poner miedo en donde no hay amenazas, de armar guiones de películas más dramáticos que un capítulo de la Rosa de Guadalupe o una canción de Arjona.

Y es que sí, no podemos esconder el hecho de que muchos de los problemas que alguna vez nos agobiaron, realmente nunca existieron y solo fueron una película bien montada por la mente, que cuando se aprecia a imaginar, termina haciendo honores para ganarse el apodo que Santa Teresa le dio: la loca de la casa. Repito, cuando se trata de armar shows no hace falta ir a Hollywood, sobra apenas una pequeña partícula de imaginación para que la mente empiece a hacer su trabajo.

En parte esto pasa también porque entre otras cosas somos expertos en intentar leer la mente, y aún peor en creer que la podemos leer de verdad, y ponemos en el pensamiento de los otros nuestros propios miedos e inseguridades. Pienso por ejemplo en aquellos que viven creyendo que una persona tiene una imagen negativa sobre ellos, y se castigan, y viven todo el día agobiados intentando cambiar esa imagen, pero resulta que nunca se han dado a la tarea de conocer cuál es realmente la mirada que el otro tiene. Esa es una forma muy rara de negarse la tranquilidad.

Yo creo que hay que encontrar en algún lugar la capacidad de poder desmontarnos las películas que nos hacemos sobre nosotros mismos. Tenemos que dejar de sufrir por cosas que no merecen el sufrimiento. Si de por sí es difícil enfrentar un sufrimiento real, no quiero imaginar lo feo que tiene que ser sufrir por algo que no sabemos a ciencia cierta. Hay que optar en estos tiempos de las informaciones fugaces y falsas, por desempelicularnos, por borrar de la vida el dramatismo barato que acaba haciendo los días más fríos y grises, y que difícilmente nos va a dejar algún día ver con claridad lo que realmente sucede alrededor.

Hay que empezar a dejar a un lado las especulaciones y las miradas románticonas sobre la vida. Hay que empezar a soltarnos de la idea de que todo el universo gira alrededor de nosotros y que siempre los demás nos quieren hacer daño. Hay que quitarle a la suposición el valor que le hemos dado y que cada vez nos daña con mayor fuerza porque nos pone a pensar en cosas que no existen y que probablemente no van a existir. Hay, por último, que empezar a preocuparse por los problemas reales, por aquellos que sí sabemos a ciencia cierta que están sucediendo. Cuidado por tener la mirada fija en fantasmas inexistentes, nos olvidamos de las cosas que realmente nos hacen daño.

Hey, desempeliculate, quítate de encima una carga que no deberías estar cargando; date a la tarea de conocer a los otros y de que los otros te conozcan. Agarra a los problemas de verdad por donde puedas y pelea para vencerlos. Deja de botar neuronas y fuerzas en cosas que ni existen, ni existirán, en películas que por más buenas y entretenidas que sean, nunca te van a servir para nada. Desempeliculate y date a la tarea de vivir más tranquilo, más en paz, más feliz.