Cuando Francisco Maturana dijo hace unos años, “perder es ganar un poco” le llovió un aguacero de críticas muy venenosas. Y posiblemente, si lo que estaba en juego es la participación en un mundial y estábamos en las eliminatorias, las críticas tenían razón.

Pero en la vida diaria, cada caída o cada derrota nos deben hacer más fuertes y más sabios. Cuando caemos, pensamos menos en nosotros y más en el qué dirán. Nos duele lo que otros sientan o piensen sobre la derrota y eso nos impide hacer el duelo como debe ser.

Y entonces, ¿cómo debe ser el duelo? Tomemos ejemplo de los perros. Cuando un perro es herido se retira del lugar, llora y se sienta a lamerse las heridas por el tiempo que él necesita. Lugo, solo se levanta y sigue adelante. Es muy probable que evite herirse otra vez en la misma forma.

Nosotros en cambio, nos levantamos enseguida poniendo cara de “no me dolió” y seguimos haciéndonos los fuertes, los valientes y con seguridad, y como dice la canción, a tropezar de nuevo y con la misma piedra.

Hacer el duelo es aceptar la pérdida, la derrota, lo que quiera que nos haga sentirnos dañados, con humildad. Nadie dijo que éramos perfectos e indestructibles.

Retirarnos un poco como los perros, lamernos las heridas, llorar, sentirnos “pobrecito yo”, analizar lo que pasó, equilibradamente. Aceptar que una parte de eso, por mínima que esta sea, fue mi responsabilidad, por acción o por omisión, y luego si, levantarnos y seguir poniéndole el pecho a la vida.

Reconocer que somos débiles, que sufrimos, que hay cosas que nos duelen muchísimo, que caemos, no nos hace menos personas o menos valiosos; por el contrario, es el espejo en el cual nos miramos para reconocer nuestras fallas, enfrentarlas y luego sí, superarlas.

Eso nos hace valientes, nos ayuda a crecer y a tener sabiduría y si el análisis y el duelo fueron bien hechos, debería enseñarnos a ser mucho más tolerantes con el otro, a mirarlo con más misericordia cuando falla, cuando se equivoca, cuando cae.

Es decir, daríamos el primer paso para entender lo que dijo Jesús a los fariseos “Misericordia quiero, no sacrificios. Porque no he venido a llamar a justos sino a pecadores” Mateo 9, 13.