Todos en algún momento de la vida hacemos o decimos algo de lo que tarde o temprano nos arrepentimos. Alguna circunstancia o persona termina haciéndonos sentir mal o incomodándonos, que fácilmente aquella llamita que es nuestro temperamento termina siendo un incendio forestal.

Normalmente nos dicen que debemos identificar qué es lo que nos hace reaccionar de manera indebida frente a una situación. Pero creo que eso va más allá. Yo creo que más allá de lo que las personas hagan para hacernos sentir incómodos o enojados –con o sin intensión – es más bien aprender a reconocer que aún no podemos manejar la frustración. Porque nos duela o no reconocer, hay momentos en los actuamos como niños pequeños y hacemos pataletas de adultos que se convierten en discusiones acaloradas e inclusive nos hacen llegar a tomar decisiones que cuestan mucho con el tiempo.

No es sencillo reconocer que el entorno no es el culpable de manifestar de manera adecuada mis emociones. Claro, porque tampoco se trata de guardarme todo y no decir nada frente a las situaciones incomodas que se me planteen. Hay que expresar lo que se siente, pero eso sí, debe ser con asertividad, no simplemente para desahogar mi frustración.

Debemos empezar a aceptar que hay situaciones o personas que no van a hacer lo que estoy esperando, puesto que cuando pierdo el control de las cosas es que la frustración llama al enojo para así poder expresar inadecuadamente lo que me está molestando.

Vivimos en la cultura del grito, en la que cada uno justifica sus alborotos de emociones porque el otro falló. Es tan común que los padres digan a sus hijos: “ustedes hacen que me ponga de mal genio” eso no es cierto. Las circunstancias pueden ser las peores, pero el mal genio mal expresado depende del nivel de frustración que cada persona maneje.

Hoy a las 10:00 pm hablaremos un poco más sobre el tema; puedes participar y despejar tus dudas. Escúchanos a través de: https://minutodedios.fm/en-vivo
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