A muchos nos ha pasado, hay días en los que se quiere llorar y no se sabe bien por qué. Son días de intensos pensamientos. Pareciera que las lágrimas que se aguantan y forman aquel famoso nudo en la garganta, no se quisieran ir, y estuviesen dispuestas a ahogarnos hasta salir. Es normal, por supuesto, no debe darnos miedo enfrentar las situaciones con el llanto, no debe ser extraño que cuando algo nos duela, lloremos.

No es ningún secreto que hoy por hoy, le quitamos un valor importante al llanto. El que llora es el débil, el cobarde, el que no es capaz de aguantar. Basta que a una persona se le agüen los ojos en un grupo para referenciarla como tonta, para decir que debería darle vergüenza llorar. Hoy por hoy el llanto se asocia con debilidad. Creo que cuando seamos capaces de entender que más allá de ser otra cosa, el llanto es una práctica liberadora, dejaremos de llamar cobarde a aquellos que a causa de sus cargas no logran aguantar las lágrimas en sus ojos.

Yo no tengo claro si de pequeño lloraba mucho, creo que no, sin embargo recuerdo que en mi colegio a aquellos que lloraban por todo se les decía ‘llorones’ de manera despectiva, como determinando un grupo social, que más allá de ser humanos, eran débiles y marginados. Sé que todavía es así, sé que hay grupos en los que no se aceptan las lágrimas, en los que aquellos que lloran deben salir inmediatamente por miedo a la burla pública.

Creo que la invitación en este día es a que seamos capaces de entender que llorar no es ningún pecado, que se vale estar tristes, se vale romperse, está permitido caerse y quebrarse. Está permitido de vez en cuando liberarnos botando de nuestro corazón y limpiando nuestra alma con las lágrimas. Es tiempo de empezar a asociar lágrimas con humanidad.

Creo que también nuestros pueblos, luego de tanto dolor, están llamados a llorar a sus muertos, a llorar los estragos de las guerras y las dictaduras que por tanto tiempo nos hayan dañado. Es necesario que lloremos, y no solo por llorar, sino para sanar las heridas que nos dejan la violencia y el odio. Es necesario que lloremos más y con nuestro llanto demostremos que nos duele la injusticia, que no somos indiferentes al sufrimiento del otro. Acogiendo en nuestros corazones las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo: “dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt 5, 4-10)

Empecemos a entender el llanto como una práctica que libera, que nos permite sentirnos nuevos. Conscientes que lo único que queda a veces es llorar, secarnos las lágrimas, renovar nuestras fuerzas y seguir luchando en el nombre de Dios.