LA MORAL COMO RESPUESTA

En la historia de la humanidad hay un evento sui generis, un acontecimiento que ha  transformado no sólo el curso de la historia, sino que ha  afectado nuestra propia vida. Ni tú, ni yo, ni todos los seres humanos juntos pensaríamos como hoy estamos  pensando, ni haríamos lo que hacemos, si eso no hubiera  sucedido, pero el hecho es que sucedió, y ese suceso ha afectado el rumbo de nuestro mundo. El Concilio Vaticano II lo describe  así: Dios quiso, movido por su bondad y por su sabiduría, revelarse a sí mismo, y dar a conocer el misterio de su  voluntad(D.V. 2). En realidad, qué resulta más increíble no lo podemos pesar y calcular, si el hecho de revelarse a  sí mismo, o el hecho de revelarnos el misterio de su  voluntad.

Por: Mauricio Gabriel Pareja Bayter

 

LA MORAL COMO RESPUESTA

En la historia de la humanidad hay un evento sui generis, un acontecimiento que ha  transformado no sólo el curso de la historia, sino que ha  afectado nuestra propia vida. Ni tú, ni yo, ni todos los seres humanos juntos pensaríamos como hoy estamos  pensando, ni haríamos lo que hacemos, si eso no hubiera  sucedido, pero el hecho es que sucedió, y ese suceso ha afectado el rumbo de nuestro mundo. El Concilio Vaticano II lo describe  así: Dios quiso, movido por su bondad y por su sabiduría, revelarse a sí mismo, y dar a conocer el misterio de su  voluntad(D.V. 2). En realidad, qué resulta más increíble no lo podemos pesar y calcular, si el hecho de revelarse a  sí mismo, o el hecho de revelarnos el misterio de su  voluntad.

Revelarse a sí mismo significa no guardar secretos,significa que Dios quiere que nosotros los seres humanos lo conozcamos a él personalmente en los secretos más íntimos de  su vida y eso es formidable. Pero el dar a conocer los  misterios de su voluntad es algo de igual modo majestuoso,  desorbitante, que supera toda lógica del pensar y del obrar humano, es que esto significa que los hombres, nosotros, tú y yo por medio de Cristo, Palabra hecha carne y hueso, podamos llegar hasta la vida íntima, familiar y Tri-unitaria  de Dios.

¿Y qué ha hecho Dios entonces? Dios ha quebrado el silencio, nos ha hablado, se ha hecho el encontradizo; más aún: ha  venido a vivir con nosotros, y esto lo ha hecho movido por su gran amor, para invitarnos a esa comunicación con él y  para recibirnos en su compañía. Todo esto es lo que llamamos la revelación de Dios.

De cara a ese hecho al que es imposible darle la espalda sin  tener repercusiones para nuestra vida, nosotros:

 

1)    No podemos ignorarlo: si no tenemos conciencia de tal hecho, no podemos llamarnos cristianos. Es el fundamento de  nuestra fe. Ignorar las Escrituras es ignorar al Dios que sale al encuentro del hombre.

 

2)    No podemos ser indiferentes: Lo que Dios nos ofrece en la revelación es "su plan de amor" y ese plan está lleno de promesas que necesariamente son "esperanzas" para nosotros.

 

3)    No podemos rechazar el amor: Porque lo que nos revela Dios es su propuesta y su declaración de amor al hombre.

 

¿Cómo nos ha hablado Dios a nosotros? Con obras y Palabras intrínsecamente unidas entre sí (D.V. 2). Visto con los  ojos de la fe, Dios ha tejido una historia de obras llevadas a cabo libremente por él y, de palabras inspiradas por él en forma tan admirable que las obras realizadas por Dios en la  historia de la Salvación muestran y refuerzan la enseñanza y los hechos significados por las palabras, y las palabras por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio  contenido en ellas…

Esto nos insinúa varias cosas importantes al respecto:

 

1)     Que las obras manifiestan y confirman las palabras: Para  darse a conocer y para mostrarnos los misterios de su  voluntad, Dios no dicta verdades pre‑fabricadas, Dios opta  por vivir una historia con nosotros, nuestra historia: “Yo  soy el que seré”  (Ex 3).

 

2)     Las palabras proclaman y esclarecen las obras; los hechos arrastran, las palabras edifican; las palabras convocan, los  hechos convencen.

 

3)     Jesús nos reveló el secreto más íntimo de Dios: En Cristo Jesús en sus hechos y en sus palabras de Dios se ha dado a  conocer tal cual es, sin velos de ningún tipo quién ve y  escucha a Jesús ve y escucha Dios mismo, y de eso dan  testimonio la Escrituras; sin él no podríamos llegar a  conocer a Dios (Cf. Jn 14,6; Mt. 11,27) De allí que como  decía San Jerónimo, desconocer las Escrituras, es  desconocer a Jesucristo.

 

En resumen, la moral cristiana tiene como punto de partida la revelación de Dios. Dios se revela al hombre, entabla una relación con él y de esa revelación-relación emana el comportamiento moral del cristiano. Como desarrollaremos en las siguientes lecciones, es de la revelación-relación de Dios al hombre, de donde van a desprenderse las normas y pautas de discernimiento y de comportamiento moral. En otras palabras, el punto de partida de la moral cristiana no son unas leyes, el punto de partida es la relación que tengamos con Dios, relación que implica conocimiento, confianza y obediencia, esas son las tres palabras claves del engranaje moral bíblico, las leyes no son el origen de la moral, son consecuencias de la FE, de la confianza que tengamos en Dios como resultado del conocimiento (vivencia) que tengamos de él, de igual modo la obediencia tampoco es lo más importante, es la FE, la obediencia también será una consecuencia de ello, obedecer por obedecer no es el propósito de la moral cristiana (Mrc 10, 17ss), por lo tanto no se trata de una obediencia a secas, se trata de una “obediencia de la fe” (Rom 1, 5; 6, 16; 2 Cor. 10, 5). Biblicamente hablando la obediencia de la fe es LA UNICA respuesta moral aceptable del hombre al Dios que se le revela en Jesucristo: “Sin embargo, alguien puede objetar: Uno tiene la fe y otro, las obras. A ese habría que responderle: Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe.”