Frases que hemos escuchado y que incluso nosotros hemos utilizado son “Sé tú mismo”, “No imites a nadie”, “eres original, no intentes ser una copia”, “quítate la máscara” y otras más que intentan decirle a la persona que se muestre tal cual es. Decir cada una de estas frases es sencillo, pero aplicarlas a nuestra vida puede ser una tarea imposible para muchos. En primer lugar porque pensamos que eso es para los demás y que nosotros ya “somos quienes somos”, hasta que nos encontramos con esas situaciones de la vida que nos hacen entrar en conciencia y darnos cuenta que podemos estar viviendo la vida que otros quieren que vivamos y no la que nuestra esencia nos llama a vivir.

A medida que vamos creciendo, contestar preguntas como ¿Quién soy? Suele ser incómodo, pues tenemos claras algunas cosas que nos definen pero nos da miedo reconocer que seguramente no estamos siendo lo suficientemente auténticos, y eso traiga consigo la necesidad de renuncias o cambios en nuestro estilo de vida. Nos da miedo además porque realmente no sabemos con qué nos vamos a encontrar si nos quitamos todas las máscaras que nos ha puesto en la vida; y este miedo se incrementa porque seguramente otras personas nos han hecho sentir mal cuando hemos intentado ser nosotros mismos, seguro descalifican nuestras opiniones, nos hacen ver como “tontos” delante de los demás o peor aún nos ignoran y todo esto ha generado en nosotros, en nuestro cuerpo y en nuestra mente; sensaciones que no queremos repetir. Así como nuestro cerebro tiene memoria para recordar acontecimientos, también tiene una memoria emocional, que le permite acordarse de cómo nos sentimos en algún momento específico, bien sea una sensación muy buena o muy mala.

Por esa memoria emocional que comentábamos anteriormente y el miedo a “fracasar socialmente”, tendemos a ponernos algunas máscaras que nos adaptan más a lo que los demás esperan de nosotros, así eso se aleje de lo que realmente queremos o somos. Entonces en lugar de decir que no a una invitación, terminó cediendo para quedar bien los demás, en lugar de decir que no piensas como algunos de ellos, te quedas en silencio o asientes a lo que dicen y así como eso, muchas cosas más. Entonces renunciamos a ser nosotros. Por ser lo que los otros esperan, vamos llenándonos de las expectativas de los demás y se nos olvidan muchas veces las de nosotros. Es allí cuando miramos a los que les va “bien” en nuestro círculo social y empezamos a imitar algunas de sus conductas, el problema no está en que eso sucede de vez en cuando, el verdadero problema es cuando lo hacemos tanto que ya se nos olvida lo que está detrás de esa imitación. Ahora bien, esto nos ha pasado en algún momento a muchos, pero es importante que tengamos la certeza de que por más capas o máscaras que tengamos que quitar, siempre sigue estando nuestra verdadera esencia allí abajo, eso no se va nunca.

Nuestra propuesta para iniciar ese proceso de quitarnos esas capas es atrevernos a iniciar un proceso profundo de autoconocimiento, que nos permita saber con qué herramientas contamos para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos y no en la versión que otros quieren que seamos. El primer paso es tener claras cada una de mis fortalezas, cuáles son las cosas en las que soy bueno, lo que me apasiona, lo que hago con facilidad y las acciones que he realizado que han generado buenos frutos a nivel personal, familiar y social. Por tanto, hacer una lista de fortalezas (Al menos 10) es un buen ejercicio, atreverme a escribirlos y ponerlos en algún lugar visible para mí, y si en la noche o en el momento que sea vienen esos pensamientos que me dicen que “no sirvo para nada” o que “debo ser como tal persona para ser exitoso”, pueda volver a mirar ese listado y darme cuenta de todas las herramientas, capacidades y posibilidades que tengo para salir delante de cualquier situación que esté viviendo.

Por otro lado, también es importante conocer cuáles son algunas limitaciones que puedo tener, esas áreas de mi vida que debo trabajar o fortalecer. Tenerlas identificadas, no para recriminarme en todo momento por no ser bueno en ellas, sino para mejorarlas, mirar las posibilidades de potenciarlas y reconocer también que hay cosas en las que necesito de los demás si quiero que todo salga bien. Saber que no somos “perfectos”, nos permite ser más humildes y reconocer que los otros pueden potenciar cada una de mis iniciativas; reconocerme falible y débil en algunos aspectos hace que yo pueda levantar la mira y pedirle a Dios que sea guía en esas situaciones en las que no encuentro salida, me aleja de la tentación de hacer de mí mismo un “Dios”.

La invitación es que podamos dejar de lado esa falsa humildad que me hace decir que no soy bueno en nada o que solo no puedo lograr nada y me permita confiar cada día más en mí, no solo porque me reconozco como un ser con habilidades increíbles y únicas, sino porque reconozco que cada una de ellas me las ha dotado Dios y Él, que es un Dios bondadoso, quiere en todo momento que las haga crecer, no solo para que sea feliz y pleno, sino para que también sean útiles para el camino de felicidad y plenitud del otro. Si yo en lugar de conocer y desarrollar eso que Dios me ha dado por gratuidad intento imitar lo que otros son, o paso mi vida deseando los dones de los demás, es posible que viva frustrado, porque mi misión que era ser el Mejor YO que pudiera ser, se convirtió en ser la mejor copia de alguien que pueda ser. El objetivo es que, desde el reconocimiento de mí mismo, pueda confiar en lo que soy, para tomar decisiones, para atreverme a pensar distinto a los demás y responder de manera diferente a lo que los demás esperan, porque es allí, parado desde ese riesgo cuando realmente me encuentro con mi verdadera autenticidad.

Ser tú mismo te hace valioso porque no hay nadie como tú.