Preámbulo:

Son tantos los acontecimientos que a lo largo de los años nuestros ojos contemplan; frente a todo lo que vemos se consolidan certezas, surgen bastantes preguntas y como el rayo de luz que debajo de una puerta resplandece en una oscura habitación, aparecen algunas respuestas que ineludiblemente suscitan más preguntas. ¿Y qué haremos? Muchos filósofos han pensado en la pequeñez y la vez grandeza que una pregunta tiene con el propósito de concluir algo certero, otro más auténtico supo argumentar que lo único real en el pensamiento y en el mundo era la capacidad de preguntarse, y otros tantos presentaron al mundo su experiencia y realidad de vida, demostraron que en sí mismos son solamente finitud e hicieron de la pregunta el medio y el fin necesario para que la sociedad se construyera y el ser humano lidiara con el devenir de un inexplicable misterio llamado vida.

Pero, ¿Qué tiene ver esto con la espiritualidad? Aún no lo sé, solamente me recuerda a un hombre que en su vida tenía certezas, preguntas profundamente existenciales y solo algunos acercamientos a sus respuestas. De la imagen que llega a mi recuerdo, es de quien yo quiero hablarles, pero sobre todo lo que más deseo es que ustedes y yo vivamos el mismo objetivo que ese personaje, de quien en un momento revelaré su identidad, apropio en su vida. El objetivo se llama Jesús, el propósito consiste en permitir que él trasgreda nuestra historia y marque para nosotros el camino más auténtico para existir. Un camino abierto no solamente para quien optó por ser cristiano, sino para aquel que en su corazón arde el deseo de entregarse hasta la muerte por quien no tiene libertad.

Eso fue lo que hizo Juan Eudes, se encontró con el mejor trasgresor, el mejor irruptor que ha habido en la historia. Contempló a un Jesús que promovió la unidad por encima de la división, que predicó el perdón aún en el momento más agudo de dolor y que hizo de sus días una fiel entrega por reivindicar al que era rechazado, que no ocupaba un puesto burocrático y vivía cautivo en las celdas del desamor. Tras encontrarlo y contemplarlo se decidió por hacer lo mismo que él hacía y concluyo que el fin de la existencia humana consiste finalmente en vivir la misma vida de Jesús. Esa era su única certeza.

Sin embargo, Juan Eudes se sintió profundamente amado, y en medio de la certeza apareció la existencial pregunta: ¿Cuándo será que podré amarte perfectamente, como tú me amas tan perfectamente? No sé si finalmente lograría contestarla, lo único que es claro para mí es que todo lo que hizo en su vida era una forma de responderla, pues era la luz que reflejaba en la oscuridad de mucha gente.

– Por: Jorge Baquero, seminarista Eudista.

Conocí a Juan Eudes…

– Por Brandon Barceló.

No muchos han gozado de este privilegio. El santoral de la Iglesia católica es tan extenso, que algunos se pierden con el paso del tiempo, y otros son poco visibles. Sin embargo, luego de diecisiete años de vida, tuve la oportunidad de dar a parar en un lugar en el que no solo es reconocido, sino que también se hace un profundo esfuerzo por transmitir la espiritualidad del santo, que desde mi experiencia puedo llamar el santo del amor. Hablo, en este espacio de San Juan Eudes, un santo francés, fundador de la comunidad en la que me formo con miras al ministerio del presbiterado, y en el que encuentro además un especial deseo de dejar al mundo lleno de amor, de misericordia y sobre todo de caridad en pro de los pequeños.

Son muchas las obras que podríamos destacar aquí del santo, sin embargo, no es mi intención plasmar una biografía -que por cierto se encuentra fácilmente en internet-, sino más bien contar mi experiencia con Juan Eudes, el santo que me inspira y en el que encuentro una motivación para transformar este mundo con la llamada revolución del amor. Les invito a dejarse interpelar por mi experiencia con él, para que ustedes puedan también sentir el deseo de conocerlo y sobre todo de acoger su espiritualidad como una vía para llegar a aquel que es digno de todo el amor del mundo.

La primera vez que tuve en mis manos un texto de San Juan Eudes, fue gracias al padre Álvaro Duarte, quien es además el director de la Unidad de Espiritualidad Eudista, encargada de dar difusión a la vida y obra del santo. Nos enseñaba en ese entonces acerca de la manera en la que Juan Eudes entendía temas fundamentales de la fe, tales como la oración, las virtudes, la caridad. El padre Duarte nos mostraba como para Juan Eudes, la vida espiritual estaba tan ligada a la existencia cotidiana, hasta el punto de proclamar la oración como un ejercicio constante, estrechamente ligado a los oficios del día. El padre nos enseñaba los pilares fundamentales de la espiritualidad. Sin embargo, no fue sino hasta un momento de oración personal con el texto “Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas” en el que descubrí lo que me llamaría desde entonces la atención y me llevaría a querer tanto a este santo:

“Oh amabilísimo Jesús, dulce anhelo de mi corazón, encended en mi alma una sed tan ardiente y un hambre tan devoradora de amarte, que constituya mi mayor tormento en este mundo el no amarte bastante y que no me entristezca nada tanto como la frialdad de mi amor hacia vos…”

Solo ese pequeño fragmento logró despertar en mí un cuestionamiento que permanece hasta ahora, y es saber si lo amo lo suficiente, si mi corazón siente el dolor de a veces no amar a Jesús. ¿No es acaso el amor lo único que ha de movernos? Pues entiendo que desde la propuesta de Jesús sí, un amor desinteresado por el hermano que se expresa en primer momento en un amor a hacia él mismo. Juan Eudes lo demostró en su vida de muchas manera: se entregó por completo al cuidado de los enfermos de peste de su época, exponiéndose así a la enfermedad y a la muerte, sin embargo, no pensó en su beneficio, no esperó ser reconocido en las altas cortes reales, ni codearse con el Rey de la época, sino que más bien consagró su vida a hacer del amor su principio y ley. Se dedicó a la formación integral del clero, planteando que aquel que decidiera hacerse sacerdote, debía tener un profundo amor por Jesús. Y así, muchas de sus obras fueron la muestra fehaciente de que el amor es lo que sostendrá a este mundo, y sobre todo a esta iglesia, que no en pocas veces lo pasa por alto.

Qué reto tan grande tenemos todos quienes hemos conocido a este santo, y quienes hemos decidido formarnos en su escuela de santidad. Qué proeza en este tiempo es amar y demostrarlo entregando la vida por completo, entendiendo que el verdadero amor se hace acción, que a imagen de Juan Eudes, debemos hacer del amor nuestro principio de acción, dándole a los demás, a los más pequeños, lo que la sociedad les ha negado, esto es, el amor de aquel que jamás será lo suficientemente amado. Gracias a Dios por la vida y la obra de Juan Eudes, por permitirnos encontrar en él un santo diferente, lleno de amor por todos aquellos que necesitan del amor.