Llegamos al final de agosto, el mes de san Juan Eudes, quien nos ha mostrado que se puede encontrar el auténtico amor. Este amor no es una realidad abstracta, sino que es un verdadero y concreto amor: el amor de Dios que se manifiesta en el amor entre hermanos.

En el libro XII de su gran obra titulada El Corazón de la Madre Admirable, finalizada pocos días antes de morir en 1680, san Juan Eudes se desborda de amor a Jesús, quien es el Corazón de María. En efecto, este último libro lleva el nombre de El Corazón de Jesús. Allí aparecen las “Cuarenta llamas de amor al Corazón de Jesús”, las cuales son una profunda experiencia de amor del sacerdote francés hacia Aquel que es todo amor por nosotros. Por ejemplo, en la segunda llama contemplamos ya esta inmensidad del amor: “Divino Corazón, objeto primero del amor del Padre eterno y del tuyo propio, me entrego a ti para abismarme por siempre en ese amor”. Es sencillamente el lenguaje de un enamorado, a tal punto que, si se quisiera sustituir la palabra “Jesús” o “Salvador” o “Corazón” por “mi amor”, sería una perfecta declaración de amor que una persona podría hacerle a la persona que ama.

La sexta llama, viene a impactarnos también: “¿A dónde escaparé, buen Jesús, de tu justicia si no me ocultas en tu Corazón?”. Aquí san Juan Eudes reconoce la inmensidad del amor del Corazón de Jesús, es decir, la misericordia que nunca se agota y que perdona multitud de pecados por un momento de verdadera contrición. En efecto, podría decirse que se pregona una “justicia misericordiosa” y una “misericordia justa”, que tiene siempre en cuenta aquellas preciosas palabras del Papa Francisco que me han marcado: “Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”.

Igualmente, en estas llamas de amor, se reconoce todo aquello que ha hecho el Corazón de Jesús por amor a nosotros. Dice la novena llama: “Tú me has colmado, Corazón bondadoso, de tus gracias y favores; que todos los actos de mi Corazón sean de amor y de alabanza a ti”. Ante la inmensidad del amor de Dios, la respuesta de nosotros es la alabanza. ¡Qué bonito que descubramos la importancia de la alabanza! Muchas veces nos acercamos a Dios porque necesitamos salir de una urgencia, pero cuando el Señor nos la ha concedido, nos alejamos de él a veces sin agradecerle. San Juan Eudes viene a recordarnos que esta es la característica principal de la oración: alabar, glorificar y amar a Dios, más allá de pedir. Aunque esta última parte también es necesaria, debería tenerse en cuenta que fundamentalmente hay que pedir en la oración la capacidad de amar más a Dios. ¿Qué le podemos pedir a un santo, por ejemplo? Que nos ayude a amar a Jesús como él lo amó en su vida, a través del ejercicio de sus virtudes.

En fin, son cuarenta llamas de amor que san Juan Eudes propone para honrar al Corazón de Jesús y que podríamos explicar una por una, pero que no es la finalidad ahora. Simplemente es un abrebocas para que podamos amar más a Jesús hasta morir de amor por él. Dice la llama catorce: “Dios de mi corazón, que el amor que te llevó a morir por mí me haga también morir por ti”. Por eso debemos amarlo con todas nuestras fuerzas, porque nos ama con Corazón grande, ya que, con el Corazón de su Santísima Madre, no es sino un solo Corazón: “Corazón de Jesús y de María, tesoro inestimable de toda clase de bienes, sé tú mi único tesoro, mi refugio, mi salvaguardia. Es a ti a quien puedo acudir en todas mis necesidades; aunque todos los corazones de todos los hombres me engañaran y abandonaran tengo gran confianza de que el fidelísimo Corazón de mi Jesús y el de su benigna Madre, no me engañarán ni me abandonarán jamás”.