Año tras año, tenemos una singular celebración, se trata del adviento, tiempo fuerte en la Iglesia, época del año en donde rememoramos la venida de Jesús, quien vino a nosotros hace más de dos mil años, abriendo las puertas del cielo, partiendo la historia en dos, antes y después de Él. Sin embargo; muchos no comprenden este gran acontecimiento, por eso los cristianos debemos preguntarnos ¿Cómo vivimos el adviento, ante la llegada de Jesús?, ya Jesús nació, pero aunque esto haya pasado, muchos no han dejado que su gracia inunde sus corazones.

En las Sagradas Escrituras podemos observar la actitud de muchos que esperaron con ansias la venida de Jesús, confrontando su vida con Èl, existen muchos pero reflexionaremos en los pastores, los reyes de oriente, Herodes, Isabel y Juan.

1. Los Pastores:

Estas personas sencillas, cuyo oficio era cuidar ovejas y cabras, que dormían donde llegara la noche, y a quienes se les aparece un ángel diciéndoles “Ha nacido el salvador”, son los primeros en recibir a Jesús de forma alegre y gozosa, poniendo su esperanza en Èl: “Para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” (Lucas 2, 5-12).

2. Los Reyes de oriente y Herodes:

Los reyes de oriente buscaban a Jesús, desde antes que él naciera, y guiándose por la estrella de David se dieron cuenta que había nacido, y donde se encontraba, estos al igual que los pastores también se llenan de alegría, trayéndoles significativos regalos. sin embargo; cuando los reyes de oriente preguntaron a Herodes, sobre el niño que iba a nacer, se sobresaltó al acordarse de una antigua profecía que nacería un primogénito, que sería rey. Herodes le dijo a los reyes que le dijeran el lugar para ir a visitarlo, pero a los reyes se les dijo en sueños que no le dijeran y volvieron por diferentes caminos. Herodes lo que quería, era matar al niño:

“Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.» En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.» (Mateo 2, 213).

3. Isabel y Juan el Bautista:

Cuando el ángel del Señor le habló a María y le dijo que iba a ser Madre de Jesús, al mismo tiempo Gabriel, le dice que su prima Isabel estaba embarazada a pesar de su ancianidad. María dispuesta sale a atender a su prima, cuando se encuentran las dos, el hijo de Isabel en su vientre, saltó de gozo al escuchar el saludo de María, regocijándose Isabel quien quien llena del Espíritu Santo le dice “Bendita eres entre la mujeres”, exaltando la humildad y servicio de María, al mismo tiempo, quien siendo Madre de Dios va hasta donde ella a atenderla, recibiéndola a ella y el rey de de reyes:

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.” (Lucas 1,39- 44).

¿Cual de estas actitudes es la nuestra?, quizás la de los pastores que llenos de alegría van a ver al niño, y que en medio de sus carencias físicas, reconocen al que es dueño y al que da sentido a sus vidas. Tù actitud puede ser como la de los reyes, quienes buscan desesperadamente al niño Jesús, que dan lo tienen a su verdadero Rey, sabiendo que él lo es todo, postrándose ante Èl, o tú actitud es la de Isabel y la de Juan, quienes al sentir su presencia se sobresaltan de gozo y alegría, dando gracias al niño Dios, por los milagros sobrenaturales que realiza. O tal vez tú actitud es la Herodes, quien lleno de soberbia no podía ver más allá de esta promesa de Dios, sintiéndose amenazado, pensando solo en el mismo, queriendo matar al niño inocente, no solo físicamente, sino en su corazón sin confrontarse con Èl.