Catequesis: La humildad

 El mundo actual está regido por lo que la mayoría de las personas aparentan ser: por la ropa que usan, las modas que siguen y la capacidad económica que pueden tener. Muchas personas recaen en la soberbia, la cual, en palabras del Santo Padre, hincha el corazón y lo llena de orgullo, llevándolas a aparentar más de lo que realmente son. Sin embargo, aparece una virtud que no está dentro del compendio de las teologales ni de las cardinales, pero sí es sumamente importante para el cristiano: la humildad.

Polvo eres y en polvo te convertirás:

La palabra «humildad» proviene del término en latín «humus», que significa tierra. No es por nada un calificativo que denigre a la persona, por el contrario, le recuerda la actitud que debe tener frente a las diversas realidades de la vida para lograr ser bienaventurada. En Mateo 5,3 se habla sobre las bienaventuranzas partiendo de la pobreza del Espíritu.

El modelo perfecto:

Tanto la pobreza de espíritu como la humildad se unen en la vida del creyente. Esta unidad se puede ver en la Bienaventurada Virgen María cuando proclama en el Evangelio de Lucas que miró con bondad la pequeñez de su servidora. Podemos entender que Dios se siente atraído hacia aquellos que son humildes, sencillos y que están al servicio de los demás. Aunque María vivió todo el misterio de su Hijo, es comprensible que hayan llegado momentos de oscuridad: cuando comenzaron las persecuciones, cuando Él murió y todos se fueron, pero aun así ella se mantuvo humilde, sencilla y se abandonó a la misericordia del Padre.

Es en María, llena de gracia, la Iglesia ve más que un ejemplo: un modelo de vida que todos los cristianos estamos llamados a imitar, sin importar lo que se pueda ganar, ya que estamos con el Señor por amor y no por beneficio.

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