Carta a Jose, Albañil de Nazaret

José: No hemos cambiado mucho los seres humanos desde que andabas tú por estas tierras, todas prometidas, todas santas, porque todas han recibido el sol, la lluvia, y nuestros pies. Seguimos viviendo como si nada fuera suficiente, persiguiendo cosas que no sabemos exactamente para qué nos van a servir, haciéndole caso a gente que no sabe lo que dice, ni lo que está haciendo, y, a veces, encontrando la verdad en alguna caricia, en algún pensamiento nacido en lo más duro de la conciencia, en las manos que se estiran para pedir, y sobre todo, en los corazones que se estiran para encontrarse.

Y aún, todo lo que queremos en el fondo, es una casita en la que podamos estar todos juntos, en la que nadie se quede sin comer, en la que nadie se quede sin ayudar a limpiar tampoco. Una casita en la que se sienta que todo puede ser perdonado, y se sepa que nadie debe dejar de intentar hacerlo mejor la próxima vez. Una casita en la que se pueda ser distinto, diferente, genial para lo que cada uno puede, incapaz para lo que no, y nadie pierda su lugar por serlo. Una casita, en fin, que se parezca al mundo que Dios soñó.

Ayúdanos pues, a soñar, a nunca dejar de imaginar lo grandioso que puede ser este lugar si nos damos a la tarea de asemejarlo al cielo. Ayúdanos a creer, que es soñar invirtiendo la propia vida para realizar lo soñado. Ayúdanos a construir, sobre los cimientos que nos dejó ese hombrecito que tú criaste, cuidaste, regañaste de vez en cuando, y que de ti aprendió que las casas no se pueden construir sobre la arena. Sueña, cree y construye con nosotros José’, una casita que nunca cierre sus puertas, y que no se derrumbe jamás. Amén.

Ahora los presentes se toman de las manos, se miran entre todos por unos instantes, y se dan cuenta que tienen todo lo que necesitan allí mismo, en esas manos y esos ojos.